lunes, 14 de enero de 2019

Uno de tantos mapas

Aquel rincón, ¿recuerdas?
Aquella cueva en tu cuello. La montaña rocosa, la ladera en el vientre, las flores al mirarme, el aire fresco cuando cantábamos en el coche.
Las esquinas, tus rodillas.
La uve mayúscula en tu ingle. 
Todo aquel desierto en tu pecho donde bebíamos aquel futuro que tan poco se parece a esto. 
Hacer el amor era coger aviones por la tarde y llegar a todos los lugares. 
A la vez.

Hacer el amor, ¿recuerdas?
Aquel rincón donde las guerras acababan y los soldados de tu esperma se rendían y todos los hijos que nunca tuvimos se divertían en los columpios. 

Aquella tierra, la nuestra.
Y ahora estas ruinas, solo mías. 

sábado, 12 de enero de 2019

Qué sería de mi soledad si no pudiera contártela

Pienso en lo que me gusta estar sola e irremediablemente después me aparecen las ganas de contárselo a alguien. No sé qué sería de mí sin vosotros, los míos. Y qué sería de mí si mañana, después, el jueves por la noche, no hubiera alguna otra mirada a la que taladrar con la mía. 

Me han puesto una chimenea en casa, un regalo. Dos regalos. Tres. He hecho un par de fotos para enviársela a ellas, a mi sobrina, a Ángel. Cuando se han ido mis hermanos y se han ido mis padres y me he sentado en el sofá a mirar el fuego, lo que yo quería era compartir es milagro, ese momento, ese instante. Venid a cenar. Abrimos vino y hablamos y me decís si eso que veo es humo o es que estoy obsesionada como siempre. 

Compartir. Le digo a Estefa que ¡quizá la peli 'hacia rutas salvajes' me tocó demasiado! No lo sé. Supongo que al director le debió pasar algo parecido. Que una vez que sabes que siempre vas a estar sola, que todos los humanos lo estamos en el fondo de los fondos, lo único que quieres es unirte a otro. 

Por eso hay estudios que dicen que las personas que viven en pareja son más felices que los solteros. Que ya sé yo que es una tontería de estudio. Pero me refiero precisamente a eso. Que una relación emocional con tu pareja es la más íntima que podemos alcanzar. La más cercana. La que nos llega más adentro. Debe ser por eso, por esa sana necesidad de tocarnos y vernos y leernos. 

Y no. Para eso no vale cualquiera. Me dicen 'sal, llama a alguien'. Pero no es por ahí. Digo ese compartir con los míos. Con esos. Con vosotros.




viernes, 11 de enero de 2019

Hay flores sin raíz y sin hojas

Estaba viva. La he visto. En medio del agujero más negro de todos los agujeros, te juro que la he visto. Llevaba el pelo suelto y en el corazón la punta donde acaban las cometas. 
De verdad que la he sentido, en la boca del estómago, cogiendo el volante, cantando fuerte en el coche, abrumada por sentir como sienten los adolescentes. 
Estaba allí. Doce horas de eslora, viento en popa a toda vela. 

Surgió anoche en la ventana. Las ventanas no tienen por qué tener cristales y marcos y persianas. Esta no tenía ninguna de las tres cosas, pero había agua y niños con las mejillas más rojas de todas las mejillas. Y una bici y una montaña, una maceta en una espalda y un millón de dientes habitando una risa. 

Y estaba viva, más viva que en los últimos ocho años. A veces la intensidad te traspasa y terminas siendo lo que te traspasaba. Pues a eso me refiero. De verdad que estaba viva. 

Luego se ha muerto. Pero eso da igual. Yo también me he muerto muchas veces, eso ya no es noticia. Pero la he sentido, estaba viva, te juro que la he visto.

La ilusión me habitaba. 




lunes, 31 de diciembre de 2018

Hay un desierto en medio del agua


Es treinta y uno, nos vamos a otro mundo, nos vamos a otra vida. Consciente, entera, atenta, estoy dispuesta, en medio de esta tristeza, donde la orilla se aleja, al devenir incierto de aquello que no sé ni dónde está, ni en qué consiste. Estoy dispuesta, entre la incertidumbre, a adentrarme en el desconocido abismo que me espera.

Ya no hay posibilidad de quedarme. Ya no puedo quedarme en un cuerpo que no contiene amor, que no quiere ser el contenedor de lo que me habita. Quédate ahí, en la orilla de las espinas con las que me aniquilaste. Quédate. Parto. Surjo. Me voy.

Sé que con el año se acaban las posibilidades. Ya no quiero ninguna. Ya no hay oportunidades. Se cierra el mundo abierto hace ahora ocho años. Candados y cenizas para ambos. Te portaste mal… Me engañaste, no jugaste limpio. Quédate con las piedras y las alas y las olas que emprendiste sin contar conmigo. Me lo podías haber dicho. No quiero que vengas, Ana.

Tuve que averiguarlo yo. Y ahora, en mi barca que apenas avanza, estoy diciéndote adiós. Es el final de una historia que no tenía final, ¿recuerdas? Pero era este, el mismo final que siempre anduvo prendido del aquel inicio. Ochos años sin querer. Ocho años de enredadera y locura. Ya no sé si lo viví o me inventé casi todo el asunto.

Te digo adiós porque ya me lo dijiste tú antes. Pero es ahora cuando he podido oírlo. Todo el adiós que siempre estuvo debajo de tus razones suena ahora en medio de todas las canciones de desamor. Ahora. Es ahora cuando lo oigo y suena enorme entre las palmeras que se alejan, la arena que se aleja, la playa que no volveré a visitar.

Te digo adiós a manos llenas. Con todo lo que soy. Me voy con pena. Suelto la zarza que tanto me daña. Abrir las manos y ahogarme en esta marea. Debajo de toda la tierra debe haber algo, cuando lo encuentre no volveré para contártelo. No vengas. Ni si te ocurra volver a preguntar cómo me curé, dónde me dolió para volver a descuartizarme entera.

No creo que estos sean los últimos versos que te escribo, mas sí es la última vez que miro la orilla donde me convertí en la mujer que soy. Tengo la cabeza baja, la frente más áspera, los ojos llenos de la misma sal en la que voy a inundarme.

Pero estoy viendo el mar. El mar me espera. 

martes, 25 de diciembre de 2018

Soy mejor enfermera cuando las heridas son de otro

A veces las lágrimas me saben a alcanfor. Soy el armario. Todos los abrigos de paño están mojados, el bordado de las sábanas anda lleno de manchitas de moho y se ha raído la seda de los pañuelos de mi madre. 

A veces el llanto es antiguo: venía conmigo a la escuela escondido en el bolsillo pequeño de la cartera. En los libros no salía nada de aquello; dónde nace, cómo se usa, para qué sirve todo el agua que inunda el alma. Hice lo que supe: nada. De nadar como puedes cuando no sabes nadar. 

Y aquel río se fue acomodando entre las costuras del esqueleto. A todos los huesos les llegó la humedad de la pena. Estar triste y no saberlo. Como el lago detrás de las montañas. 
Escalé muchas, acampé en otras tantas, arranqué flores y otras son las acuarelas que colgué en la entrada de casa.

Detrás, el lago habla. El terremoto ha abierto las grietas; el llanto antiguo es ahora fresco, vuelve a ser nuevo. 

A veces el llanto está al fondo y la inundación es ahora.