sábado, 14 de septiembre de 2019

Alto y claro

...Solo quería decirte que te echo de menos... Cursor al final, pulsar tecla de flechita hacia la izquierda. Borrar mensaje.

viernes, 13 de septiembre de 2019

La verdad nunca lo es

Supongo que mirar el mundo desde este lado trae estas tristezas, ya me lo dijo I: poner tu mundo interior ahí fuera no será fácil. Me pregunto por qué andamos empeñados en acorazarnos, por qué el enfado contra otro cuando nos dice alguna verdad, por qué el silencio, por qué alejarnos tanto unos de otros. 

En las relaciones, siempre pido que me digan qué piensan, qué sienten, qué les parece lo que nos acaba de ocurrir. Compartirnos en las buenas y en las malas, si es que existen las buenas y las malas. Creo en el 'perdón', pero no como desiguales y diferentes, no como 'yo te pongo la mano en el hombro para perdonarte lo que hiciste mal'. No es así. Es un 'perdón' desde dentro que existe todo el tiempo. Una tolerancia para con el otro, un querer bucear cuando me dicen cosas (aunque estas no me sienten nada bien), buscar el entendimiento, exponer lo sentido, contar qué ha ocurrido dentro. 

Me gusta hacerlo cuando algo ocurre hacia mí y cuando algo ocurre desde mí. Si me dicen: eres una tocapelotas, quiero saber por qué. Qué hago para que me veas así. Dímelo, cuéntamelo. Hazmelo saber para que nos conozcamos más. Si digo un pensimiento a bocajarro y me doy cuenta después de haberlo soltado, quiero estar ahí también después. Porque no quiero dañar, nunca voy a cargarme al otro, a tocarle los cojones sabiendo que se los toco. No es así. Y cuando me equivoco y me doy cuenta lo cuento. Igual que me gusta que hagan cuando me implican en algún 'error' externo. 

Porque no creo en los errores per sé, ni por supuesto hago daño sabiendo que lo hago. Cuando me siento dolida por algo, suelo expresarlo. Y no como 'mira lo que me hiciste sentir', no. Es un: siento dolor, déjame contártelo. Entre otras cosas porque se aliviará con la palabra y con los gestos. Porque creo, por encima de todas las cosas, en que siempre estamos cambiando, en que pensamos una cosa ahora y a los cinco minutos otra. Porque sé que los enfoques van ajustándose, porque decir algo desde la rabia es habitual y porque no pasa nada, ni es personal, ni es perenne y todas las cosas tienen millones de matices. 

Pero parece que esto lo sabemos algunos y otros no quieren saberlo, no quieren probar. Se atrincheran, se van. Y siento impotencia. Y también lo cuento, cuento que me siento impotente por no poder abrirme ni abrir al otro para sentirnos cerca en vez de tan solos. 


jueves, 12 de septiembre de 2019

Déjame sola, quiero estar en buena compañía

Iba a escribir de la noria, de la rueda del hamster, de las cometas y de los dragones que me acechan. 
Luego he pensado que todo estaba demasiado manido. Los ejemplos análogos con los que conformo la narración de lo que me ocurre me resulta aburrida. Yo solo quería volar, nadar, bucear. ¿Entiendes? Es siempre la misma canción, los mismos poemas. Lo he vuelto a hacer otra vez. 

Tirar de las gaviotas y las alondras y de las aves que me revolotean el intestino es repetitivo. Supongo que esto mismo es el ejemplo perfecto de lo que me pasa. Que estoy cansada de la misma escoria, del mismo estiércol, de la deshonestidad y de la lejana honradez que a los humanos les suena a lo mismo que dicen los chinos de la esquina cuando les pides pan. 

Están los que fingen y ríen. Están las puertas cerradas y los nudillos sangrando de tanto llamar. Que el tiempo pone a cada uno en su lugar, repiten los que se lo inventan y del 'mereces algo mejor' y la concha de tu madre qué tal. Las cosas no salen como me gusta que salgan. Las cosas, digo, como si en algún lugar de mí hubiese creído que tenían que salir. 

Me alejo del ruido de los aledaños, de la directora del banco diciéndome que no, del amor fugaz que me quería a mí y a alguna más. De la cuenta del banco donde no hay nada que sumar y de lo cabrón que fue aquel al que esperé. Me bajo de la puta noria socorrida del inicio; hay más paz en esta soledad que en todo eso que me gustaría alcanzar. 




sábado, 31 de agosto de 2019

El agua siempre la pongo yo

'Todos los hombres que visité' podría ser el título de un gran libro. Vale, de un libro. Podría narrar las peripecias de las visitas guiadas por cuerpos de hombres enjaulados. Nosotras, carceleras, creyendo que podríamos liberar al... Da igual a quién, lo único que liberamos es al dragón y desmantelamos al impostor. 

Todos los hombres que visité aceptaban paseos en barco por altamar pero en tierra firme no querían saber de piedras ni de tropezar. Y quedarse a vivir conlleva eso, entender el idioma desde dentro, abrir las cuevas, estrellarse en las barreras y respirar cuando no se puede respirar. 

Vamos de visita a las mazmorrass, vemos la sombra, acariciamos las profundidades y ahora vete, que me estorbas. Así son las visitas, conozca el mar que tienen adentro las orillas. Pero cuando nos damos cuenta y queremos sacar la cabeza boqueando ya no hay nadie que nos quiera salvar, ni surfear, ni navegar ni todas las otras fiestas que se pueden hacer en el mar. 

Detrás del telón

Quince minutos, decía. Tenemos quince minutos antes de llegar al lugar donde no puedes estar. Quince minutos para que sigas volando y bailando y hablando del sol. Pero luego te escondes detrás de esa cortina y no salgas hasta que vuelva a decírtelo yo. 

Él me lo decía y yo lo entendía. Claro, claro que te entiendo, claro que te comprendo, claro que sí. Me escondo yo, me apago y luego le volvemos a dar al ON. Tú puedes seguir jugando a que no pasa nada, a que todo está bien, a que sigues viviendo en pareja sin que ella sepa nada de esta vida de nosotros dos. 

Así es como encerramos a las niñas que, desde dentro, nos reclaman. Puedes jugar quince minutos en el parque, puedes embarrarte de chocolate, puedes subirte la falda y saltar en los charcos, puedes ondear las cometas, las banderas, los besos y el amor. Pero dentro de quince minutos, se acabó. 

Jugué con él a eso, hasta nueva orden, la escondida era yo. Ay, si supierais del mundo de detrás del telón, si supierais lo que hacemos las niñas encerradas en un cajón. Si supierais de todo lo que se puede llegar a soñar desde ahí, tan pequeñas, tan obedientes, tan vamos a ser todo lo que anheláis tener. Malabares, actuaciones estelares y saltos de puntillas en vuestro corazón.

Las niñas, después de un tiempo, están enfadadas, desorientadas y completamente desoladas. Tienen que echar mano del esqueleto instintivo, de la loba que lamió las heridas internas, de la fiera innata que las amamantó. Echan mano de todo eso cuando alguien nuevo les dice ven, puedes jugar aquí siempre, al aire libre sin prisión.

Pero vivimos tanto tiempo ahí que cuando nos quitan el trapo de la cabeza, cuando nos apartan el bastidor, no recordamos cómo se jugaba en los charcos. Y lo peor de los peores es que cuando vemos una cortina nos volvemos a esconder y esperamos el apagón.