miércoles, 15 de noviembre de 2017

El club de la luch... de lectura

Ahora no recuerdo si éramos diez u once los que rodeábamos la mesa, si con el profesor llegábamos a la docena o si lo de parecerme que éramos demasiados viene de serie con eso de nacer en este planeta. 

La mujer que estaba a mi derecha apenas escribía notas, sin embargo la de un poquito más a la izquierda las trajo de casa. 
'Yo lo que pienso es que este libro está tan mal escrito que es imposible que llegue'. Me gustaría muchísimo leer alguno de los suyos, porque tal y como se expresaba, apuesto a que ha escrito varios. Lo del poder, tan por encima del bien y del mal, para afirmar estas cosas es de los adultos. No recuerdo haber visto a mis sobrinas decir que el cuento de Tarta de Fresa era mejor que Caillou. O les gustaba o no les gustaba. 

Pero la señora rubia con los labios pintados de carmín sí lo sabe. También dijo la semana pasada 'perdonadme, pero a mí ese señor no me gusta nada', cuando el profesor mencionó 'La sonrisa etrusca'. Y yo que, de verdad verdadera no quería juzgar y que precisamente por eso y por otros tres millones de cosas me apunté al club de lectura, acabé condenada. Evidentemente no la perdoné, por mucho que usara el imperativo al comenzar su frase. 

El señor de enfrente no va a volver. El que sólo tiene pelo en los lados de la cabeza digo, no el de los ojos azules que habla a tales decibelios que nos van a clausurar el club por exceso de contaminación acústica. No va a volver, y a mí me molesta su decisión porque me pareció una de esas personas que parecen un pan de pueblo. Con su corteza blanda y un montón de miga. Pues eso. Y esta vez y sin que sirva de precedente, me gustaría volver a ser una monicaca que siempre quiere salirse con la suya y patalea y se enrabieta porque las cosas no son como quiero que sean. Porque te juro por la armadura del caballero del libro que leímos, que lo hubiera cogido de la chaqueta de hilo verde que llevaba ayer y, arrastrándome a sus pies le hubiera rogado sollozando no te vayas por lo que más quieras. 

Su silla la ocupará Crescencia. Oh dios, tengo que hablaros de Crescencia, la mujer con los mofletes más rojos de toda Siberia. Altiva, sabelotodo, prepotente, vamos, una insegura de libro. Dice Ángel el profesor, que de la barba se le van a salir un día todas las palabras del primer libro que leyó traducidas al idioma del interior, que el año pasado ya tuvo que pararle los pies. Y me extraña porque yo a Crescencia la conozco desde que me daban pataletas y rabietas y me salía siempre con la mía, y siempre he creído que Crescencia no tiene pies, que realmente debe tener un gran bloque de hormigón debajo de los tobillos donde en letras grande pone 'pedestal'. 

Luego está Santi, con su inmutable pelo. Y Carmen. Y Trini creo que se llama. Y no sé quién  más. Demasiados, como decía, y entonces...

Y entonces nada, que acaba de entrar el sol por la puerta de mi casa y voy a recibirla. 


sábado, 11 de noviembre de 2017

Esta luz no enciende otra habitación

Cuántas cosas tengo para dar
Y en el verbo ya obtengo fracaso. 

Cuántas cosas tengo para compartir
Y en esa acción hay descanso. 

Porque dar es quedarte sin lo que ofreces. 
Y compartir es no perder lo que eres y tienes y expresas. 

Le he escrito unas palabras saliendo del volcán menos grande de todas mis montañas. 
¿Es tan bonito lo que ofrezco... es que no lo ves?
Y él está en otro mundo, ajeno a destellos de amor y ternura. 
Y se me quedan las manos heladas y vuelve la memoria a contarme historias de miedo. 

Tantos versos desperdiciados, 
tanto vertedero recibiendo mis besos.

Lo que ocurre ahora es que un simple gesto me lleva conmigo. 
Me hago pequeñita, como un bebé indefenso, 
y me arrullo, me abrazo, me mezco. 

Cuántas cosas me quedan aún por recibir... 
Mías. 
De las que salen hacia fuera y me rodean y me envuelven y me estremecen. 

No hay tantos lugares que parezcan infierno. 
Sigo siendo luz. Encendiéndome. 



sábado, 4 de noviembre de 2017

Elegía

Te elegí sin querer para un montón de cosas. 
Para aprender a querer; primero mal, francamente mal. Después mejor. Luego en soledad. 

Te elegí para odiar con la fuerza de los mares tu egoísmo, tu independencia y tu individualidad. 
Más tarde aprendí a reconocerme egoísta, independiente e individual. Y, ya ves, también me amé precisamente por eso. 

Te elegí, en realidad, para que alguien me quisiera. 
Como no me quisiste nada de nada y yo tenía tanta sed, y tanto frío, y tanta hambre, me abracé. Te elegí para poder abrazarme yo. Aquí estoy, con mis brazos bien pegaditos al pecho. Ahora ya nunca me dejo sola, como hacías tú cuando yo quería compañía. 

Te elegí sin querer para aceptar que a veces sí se pierde. Que los sueños no se hacen realidad por mucho que los persigas y que aún así, la vida, esta vida que yo quería nuestra y está ahora tan llena de mí, es un juego en soledad. 

Fíjate qué sería de mí si creyera que hay que ganar. Si hubiera querido que el resultado de nuestro vaivén hubiera sido un despertar, un café, la colada, sacar la basura y follar con todo nuestro amor. Estaría suicidada y hecha trocitos en cualquier cuneta de la ciudad. 

...

El otro día recogí de allí mi último trozo. En el cajón de las sábanas lo he dejado. Para que descanse, para que se recupere, para que huela bien y ya no duela como cuando, cada día, te elegía. 

viernes, 3 de noviembre de 2017

¿Nos vemos luego?

Para el ocio apenas tengo pulmones que investigar. Pocas barras de bar para lo que me gustan. Pocos encuentros y me paso por el bar a ver si estás. 
Para los ratos en los que, de repente, las cosas se desaceleran y el fin de semana se muestra y la ropa sin estrenar se desperdicia en el armario, apenas tengo compañía. 

A lo largo del tiempo, más que desaparecer los demás, lo que pasó fue que me aparecí a mí misma demasiadas veces. Tal vez. Y la soledad me llamaba tanto y tan fuerte que hastaluego, yavolveré.

No hay sitios a los que volver cuando te has ido tanto. Unas cervezas, unas tapas y unas risas son más difíciles de conseguir que un amor del de verdad verdadero. Me refiero a una cerveza a la que le sigue otra. De las que no cuestan y te las bebes sin darte cuenta de lo bien que estás. 

A veces, como hoy, me apetecen. No digo las cervezas, digo las cosas que se comparten. 

Ellas, a las que amo para todos los trozos y ratos, están lejos. Irlanda y Valencia. Valencia e Irlanda. El noventa por ciento de los demás se casaron, se fueron o me aburrieron. 

Leo, veo, escribo, dibujo, limpio, pinto, decoro. Pero a veces quiero emborracharme a la vez que otro lo hace. Aunque no ingiramos nada de alcohol. 



jueves, 2 de noviembre de 2017

Besos

Jugar con un corazón que nada sepa de memoria, ni de mañana por la mañana.
Jugar en el tobogán del llanto y de las risas y en el túnel del miedo encender todas las luces.
Atravesar los desastres, los espejos distorsionados.
Vencer las prisas y arrinconarme en los trocitos del jardín de las delicias, con su ejército de lamentos deambulando al lado de los sueños.
Al final se trataba de eso. De esto.

De jugar por el placer de jugar.
De amar por el placer de amar.
De dibujar, de despertarse de una siesta frente a un documental de la dos.

Escribir y follar.
Amar otra vez por primera vez.
Y otra, y otra más.

Morirte cada noche, cuando la conciencia desaparece y podrías estar muerto de nuevo.
Pero no.
Son las ocho de la mañana y otro papel enfrente.
Más blanco que el agua.

Se transparenta un corazón.
Y unos ojos y unos muslos y unos dedos y una espalda con la forma del tobogán de antes.

Hemos venido a bailar ¿Juegas?