miércoles, 26 de julio de 2017

Excadenados

El día que supe que nunca me habías querido un montón de aves recorrían el cielo. El día que supe que no, no tuve miedo. 

Un montón de cerrojos abrieron puertas y ventanas y desvanes y trasteros. Pensar que sí pero existir un no suena como las tormentas de verano en la playa de Cádiz a la que un día fui con no sé quién. 
Un estruendo de esos que no suenan, ya sabes. El silencio entre las costillas abriendo, por fin, huecos. 

El día que supe que nunca me habías querido toda yo era humo y ya no había nada de ceniza ni de brasas ni de, mucho menos, esperanza. La ilusión guardadita el día del entierro se quedó en el mismo ataúd de siempre, no diré que no, pero las pastillas de alcanfor dejaron de oler a viejo y triste y cansado y todas esas etiquetas que le puse a mi pobrecito corazón. 

El día que supe que nunca me habías querido fue igual que los dos mil ciento noventa que le precedieron. Desayuno, noticias, prensa y un email. Uno como tantos otros. No decía nada nuevo. Ni bueno. Pero llegó en el momento justo en el que la lucidez se abría paso por mi calle, abría la puerta del edificio, subía las escaleras, se colaba por la mirilla y desliaba el último eslabón que quedaba entre tú y yo: la mentira repetida tantas veces que pareció ser verdad. 

El día que supe que nunca me habías querido es hoy mismo. Y mañana lo volverá a ser. Y al otro y en el después. Y yo seré la misma pero sin este pobrecito corazón abandonado. Sólo puedes abandonar aquello que alguna vez quisiste. Y tú nunca me has querido como para poderme abandonar. 



martes, 25 de julio de 2017

No me volveré a morir

Dentro de un tiempo te contaré que me destrozaron el corazón pero que las cicatrices apenas se ven. Que me gusta tu sonrisa y esos dientes del mismo tono blanco que mis piernas. 
Dentro de un tiempo, cuando vengas, cuando estés, cuando tengas ganas y yo también, nos estrenaremos nuevos diciéndonos por la noche aquello de jamás pensé que. 
Y ya ves. 

Dentro de un tiempo, el que sea, el que elijas, el que escoja, el que vete a saber por qué, tus amigos se reirán de ti por verte tan feliz. Y los míos serán también los tuyos, y mis padres, y mis hermanos, y mis sobrinas. 

¿Sabes? Nunca han venido a buscarme a la puerta de casa con tantas ganas como he tenido yo. Y te lo diré cuando me suba a tu coche y le suba la voz al Thunder Road del dos mil dos, que tampoco antes sonó. 

Dentro de un tiempo viviremos. Me dirás que ahora no, que tienes miedo. Y por la noche te diré que sí, que yo también pero y qué. Nos vamos a morir un día, pero todos los demás... ambos sabemos que no. 

Dentro de poco, o mucho, o después, o luego, me empezarán a brillar los ojos sin haber llorado antes. Y qué guapa estás, y tu barriga y tu horrible dedo del pie, y tus putos abrazos como lo mejor que me ha pasado últimamente. 

Dentro de un tiempo yo también lo sé. Que ni tú ni yo vamos a morirnos sin haber querido tantísimo otra vez. Sin habernos dejado amar tanto como nunca antes nadie nos amó. 



miércoles, 19 de julio de 2017

Centro de gravedad.

"... porque la energía no fluirá
ni recorrerá libre todas las zonas de tu cuerpo..."

A ver si va a ser eso lo que me ocurre por haberme pasado más de no se cuantos mil años con la barriga encogida. Hacia 'dentro'. 

Reconozco contener la respiración desde que me acuerdo. Meto vientre. Haya público, foto, miradas, o ande yo más sola que la luna por el pasillo de casa. 
En bañador, en pijama, en bufanda rodeándome la cara. Vestido entallado, plisado o cutre chandal para correr por la playa. 

Libre circulación de la energía, decía el artículo. 

Tengo la extraña sensación de haberme escondido detrás de todos los árboles del planeta. Y ahora que nos estamos quedando huérfanos de verde mi abdomen sobresale infinitos kilómetros más allá de lo que lo hacía antes. 

Escribo esto en bragas y sujetador, con una inmensa balsa de vísceras irrumpiendo bajo el cristal del pupitre donde se apoya el teclado. Me avergüenzo. No hay nadie más que mis ojos fúnebres sentenciando cadena perpetua para mí y para mi vientre. 

Cuando pesaba toneladas más que ahora la sensación era la misma. Encógete, escóndete. La rigidez se apoderó de mi cuerpo intentando someterlo a un molde. ¿Cuál? No sé. Uno que me inventé. 

Tener barriga como síntoma de vida. 
Tener ahí el centro de gravedad y tratarlo como una esponja apretada hasta la saciedad. ¿Qué quieres obtener? Cuánto tiempo más vas a licuarte como una manzana estrujada en la batidora. 

No sé. Gustar, pensé. Lo que yo quería era gustarle a alguien. Porque a ese alguien a quien quiero gustarle odia las barrigas, ¿sabes? Las odia profundamente. 
Quizá es eso. 
Y quizá sea también lo otro. 
No saber quién soy, qué quiero, de dónde vengo y todo ese vacío existencial que lleno con helados de chocolate y nueces y fresa y miel en las noches de soledad. 

He empezado a soltar. Más bien, utilizando los árboles y la manzana de antes, algo madura dentro y se deja caer. 
Por eso empiezo a tener la barriga suelta y ya no espero que tú vengas. Tal vez haya alguien al que le gusten las panzas sueltas, fofas, flácidas y se enamore de esta mujer pegada a un enorme vientre que ama los helados. 

Tal vez hasta yo me guste así. 
Tan llena.
Tan plena.
Con toda la barriga fuera. 




lunes, 17 de julio de 2017

Somos agua

Lo peor fue creer que al encender la luz algo extraordinario iba a estar ahí. Más que. Más allá de. 

Lo que vino en el después siguió siendo la vida. 

Que te saquen una muela, que puedas volver a fumar, jugar al pádel y empezar a correr. Escuchar a mi madre decir que hice bien, que cada uno es como es. Y hablar con mi padre de cómo nos educó. Tomar café, abrir el agua fría, comer helado y ver cómo se me endureció el corazón. 

A los tres meses de nacer mi abuelo murió. Se llamaba Antonio y durante toda la vida he sentido que él... que éramos él y yo. Murió y con el paso del tiempo me inventé que tal vez si él hubiera estado vivo nada malo me hubiera sucedido. Mi madre no hubiera pasado por aquella depresión que la dejó huérfana de padre y con un bebé en la habitación. Era yo. Con mi llanto. Era ella con el suyo. Tanto amor envuelto en tanto dolor. 

Y así me empapé de la leche cabizbaja y me bañaba en lágrimas con gel. Quién sabe si esta naturaleza muerta sobre la que crezco no puede parir un rosal por aquella absurda certeza de que el esqueleto en el que me sustento se creó en aquellos años. 

Siempre me ha acompañado esta sensación de carencia. Este querer estar llena. Y quizá lo esté si me miras tú y tú y tú. Pero yo he corrido maratones de vértigo buscando un volcán en el que abastecer esta sed. 

Más allá de mí he llegado a sentir el sosiego de estar viva. Más allá de mi esqueleto primitivo, más allá del cuento que me conté y creí. Por eso cada vez que me apago y sueño con la luz, imagino un remolino y una tempestad y un huracán devastando las cenizas y dejando un planeta verde en esta tierra. 

Y busco detrás de las paredes la mirada autoimpuesta que logre reencarnarse al ver el mar. El rocío. La voz. Acariciar. Respirar hondo. Es cierto que sonrío. Es verdad que logro descansar. 

El agujero sigue siendo un agujero. 

Deberías ser tan feliz con la vida, alma mía. 
Pero no sé hacerlo mejor. 
Y a veces hasta me avergüenzo por ello desde este esqueleto sin huesos.


El amor es un verbo

No solo bastaba el amor con sus cuatro letras y su vozarrón. 
No llega. Ni llenó. 

El amor es sólo un concepto, un eslabón. 
No solo bastaba el amor. Así, tan solito.

Como la jarra de agua fría sin agua fría. Como unos pantalones sin nadie debajo. Como un paracaídas en la taquilla. Como el barquito que no sale del puerto en ningún momento del año. Como un pájaro muerto, como un perro sin dueño, como un corazón que late asistido en la cama de un hospital. 

No solo bastaba el amor tan silencioso retumbando en tu boca. 
Tan allí, tan para siempre pero ahora no. 

Se te paseaba en la boca la a, y la eme cerraba tu boquita de piñón. En la o parecía que fueses a sorber la vida como si fuese un granizado de limón. Y la erre tan sonora repicando en lo alto de las iglesias. Tolón, tolón. 

Luego lo llenabas todo de nada. ¿Recuerdas?
Ay, aquel amor tan tuyo. 
Tan vacío. 
Y tan llena yo.