jueves, 8 de diciembre de 2016

El peso después de la pérdida

Si tienes la mala suerte de ser una de esas lamentables personas que necesitan perder algo para darse cuenta del valor que tenía, asume que perderás cien millones de cosas, cien millones de veces y cien millones de oportunidades. 
Luego no vayas con llantos y penas a estaciones desiertas, a raíles abandonados con tu cara larga, fresca y dura a ponerte delante de aviones despegando. Asume que tu puto punto de vista tiñe de amargura los pasos y que finalmente será el de enfrente el que se dará cuenta, también, del valor que tenías tú. Muchísimo menos del que creyó. 




lunes, 5 de diciembre de 2016

Quebranto

Dice una viñeta de alguien a quien quiero mucho: 

'Lo malo de tener grandísimos amigos es que luego
los demás te parecen un poco gilipollas'

Se va. Ella se va el domingo a ese país del norte que sale en los cuentos de hadas. Se va a probar suerte, a probar idioma, a probar compañía, a probar la vida desde ese rincón. 
El abandono es algo que nunca he abandonado del todo. La sensación, me refiero. 
Se va después de estar dos meses en el mismo lado que yo. Volvió de Madrid, descansó y se marchará. 
El lunes de la semana que viene no tendrá nada que ver con estos lunes cercanos. Cuando está conmigo, en la vida diaria, la gráfica, la real, la rutinaria, todo cobra un brillo similar a los filtros que le pasas a las fotos cuando quieres que mejoren. La foto no es mala, pero si la mejoras, ay, qué bonita. 
Pues así. 
Todo se apagará un poco. Lo sé. Luego los ojos se acostumbran a ese descafeinado de los desayunos, a ese desnatado de los episodios, a ese sabor a soso en los recuerdos. 
Se va. 
Y la vida es menos vida en su ausencia. Lo sé porque Madrid ya se la llevó hace años y me quedé con el blanco y negro de las tardes. Y claro que no hubo muerte ni entierro, pero sí tuve que pasear el duelo. 
Hablar de la amistad es absurdo. Me refiero a que se queda corto. Es un trozo de mi. Una pierna, un brazo, el lado derecho del corazón. Y así seguirá siendo. Pero me gusta mirarme en los espejos donde se ve mi cuerpo entero. Y el lunes mi imagen, hasta que la rutina del despertador no se acomode en los otros relojes, será la que aparece en los trocitos de los espejos que se rompen. 


sábado, 26 de noviembre de 2016

De la ternura

Me gustaría escribir la cotidianidad de las cosas con esa dulzura con la que ella lo hace. Me gustaría poder mirar el mundo así, primero, para después contártelo. A veces estás en la cama leyendo y ya no estás en la cama. Me voy a un parque, a un supermercado, a la puerta de un colegio. Y soy más feliz leyendo que estando. 
Me gustaría poner un poco de ternura en el nervio óptico, ya sabes. Ternura. Ternura para derribar cadáveres y monstruos y momias y el puto remolino que me hace el flequillo por más que me lo peino. 

De verdad que me gustaría que fuese cálido hablarte de mi. De mis manos tecleando, de mis manos dibujando, de mis manos moviendo el café. ¿A que sería bonito ser dulce y hablar dulce y hacer el amor dulce? No me acuerdo. Pero seguro que es bonito. 

Ahora, con este olor a vinagre entre los dedos, escribo del tiempo que hace que no siento lo que me gusta sentir. Oh, el amor. Dónde estás amor. Dicen los doscientos libros que leí cuando me quería morir que está dentro. Pero sabes? Yo me quiero mucho. Pero no siento eso que anhelo. 

Será la experiencia, tan cargada de abismos que me dejaron exhausta, que a ver de cuál de ellos saco trazos tiernos, dulces, cálidos y afables. Qué bonitas palabras. Y qué lejos.
Juego a las muñecas cuando me meto en la ducha. Me lavo el pelo como cuando de pequeña les mojaba la peluca al millón de barriguitas que tenía en la colección. Tan gorditas, tan pequeñas, tan suaves. Como yo. 

Pero no es lo mismo. No es lo mismo cuidarme que cuidar. 

Podría haberte gustado quererme.

Sería más fácil la soledad. 



Se ha caído la mariposa de cartulina que tenía colgada en la pared

Se ha caído el poster de 'ven, siéntate a mi lado' que tengo encima del sofá.
Lo he colocado con cuidado de que no se arrugue el cartoncito marrón donde está la ele, ni el de la a, ni el de la dé, ni el de la o.
La mariposa de cartulina negra que tapa el chicle con el que está pegado a la pared también ha sufrido en la caída. Pero como tenía más en el cajón, he puesto otra más pequeña.

Se ha vuelto a caer el poster. Vaya.

Y una tercera vez se ha caído mientras estaba dibujando de espaldas a él. No te vas a enterar de que se cayó, como tampoco te enteraste de cuando lo colgué. No estabas ni estás. Recuerdo que te lo dije un día: Ese cartel es por ti, cuando dejamos de hablarnos lo hice pensando en ti, para que algún día vinieras a ver pelis y a comer palomitas de maiz como en las pelis que me creí.

Y se ha caído tres veces hoy. Que ya lo sé, que el pegote de chicle que lo sujeta no aguanta para siempre y que es sólo eso, desgaste por el uso. Nosotros nos desgastamos al revés, por desuso.
El mundo al revés. Aunque todo sea igual. Y además de igual.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Humildad

En el otro lado del mundo, después de los párpados, debe haber oportunidades para los débiles. Detrás del muro que Elisa construyó alrededor del corazón, más allá de los trocitos de cristal, de las vísceras de panteras muertas, de zorras malheridas y águilas desplumadas, tal vez había una tienda de ropa vendiendo el abrigo de otros inviernos. 
Elisa se preguntaba cosas, desde la cama, desde debajo del paracaídas que formaba la manta. Recordaba el arco iris que parecía salir de las columnas rocosas que se amontonaban en el castillo de su pueblo. El tobogán oxidado que alguna vez fue rojo en el parque. El vestido azul estrenado en su décimo cumpleaños, con aquel dolor de oídos que la dejó exhausta y sin celebración. Y el muro de ladrillo donde ella y sus amigos igual jugaban a hacer misas que a representar las olimpiadas. 
Elisa. 
Elisa y sus recuerdos esparcidos por el suelo, enredados en las cortinas, colgando del cabezal de forja que le regalaron sus padres cuando se casó. Le duelen los pies de no moverlos. Tiene engarrotados los dedos pequeños, del frío, de estar muy quietos, de no servir de apoyo ni de equilibrio ni de adorno. 
Debe ser media mañana, o tal vez ya mediodía. Cómo pasa el tiempo cuando no pasa por el reloj del despertador. Tal vez lleve dieciséis horas durmiendo. O tal vez han pasado tres meses desde que se durmió. Hecha un ovillo debajo de las sábanas recuerda. Y pregunta. Y no descansa. 
Y cualquiera se levanta, con este hastío. 
En el suelo, junto a las orejas de peluche de las zapatillas hay varios folios cogidos con un clip. Los cigarrillos, el mechero, las bragas, el sujetador y las horquillas de pelo negro. Un divorcio no es un entierro, Elisa. Pero se le han quedado de luto las vestimentas del desnudo. Parece una vieja con redecilla y medias oscuras, sentada en una silla de rafia pequeña, al lado de una puerta de madera mirando la vida pasar por la puerta. Y no se desvanece del todo, aunque sea eso lo único que pide apretando fuerte la estampita de San Cristobal que su abuela Lola le regaló cuando compró el ford fiesta blanco recién sacado el carnet. 
Se fue. Se ha ido. Se acabó. 
En el otro lado del mundo, después de los llantos, debe haber oportunidades para los débiles. Pero ella nunca creyó ser débil. Fue una enorme piedra de doscientos kilos que ahora no hay quién mueva.