jueves, 21 de septiembre de 2017

Hay muertos sin entierro

Dejaste un cadáver en el arcén. 

Es cierto que yo ya llevaba agonizando no sé cuántos miles de años, que lo único que no había vivido fue lo de la mejoría previa a la muerte de la que hablan los familiares de los enfermos un poquito antes de ir al tanatorio. 

Desde los trece me recuerdo escribiendo mientras se me caían las lágrimas sobre el papel. Era todo muy peliculero; el invierno, una adolescente muriéndose por dentro, tormenta. A esa edad ya no teníamos perro, también se nos murió. Jersey de cuello vuelto, pelo enmarañado. Con seis hermanos como para que tus padres te pregunten qué tal te ha ido el día, cómo vas en el colegio, ¿todo bien?

Pasé muchos días sin saber a quién contarle que yo lo que quería era desaparecer. Y mientras, estudiaba, destacaba en todas las clases, limpiaba, promovía, lideraba. Mi padre ni se inmutó. Mi madre ponía lavadoras y meriendas y desayunos y hasta un día la vi limpiarle los zapatos a mi padre mientras él subía su pie al cajón abierto de la cocina. Qué asco. 

Esa imagen marcó tanto mi niñez que aún ahora, cuando miro a mi padre, sólo veo su pie derecho en alto, sus zapatos negros reluciendo y a mi madre cerrando el cajón irguiéndose con el trapo en la mano. 

Iba a hablarte de la resurrección del cadáver que has dejado en este arcén y ya ves, es hablar de muertos y ahorcarme en todos los recuerdos que otras veces me mataron. 

A lo que iba, que ya no estoy muerta. Que acabo de nacer otra vez. Que tampoco tengo ganas de crecer ni de hacerme mayor, que el futuro es para los cobardes. Que no es que yo me haya vuelto valiente, es sólo que en el presente hay demasiadas cosas como para querer ir a otro lugar. Y además tú siempre estabas allí, con tus promesas de ya verás un día qué bien. 

Que ya estoy bien aquí. En el arcén. 

martes, 19 de septiembre de 2017

Reencarnación

Los amores no son para el verano _qué bueno me ha salido el café, coño_ son para todo el año, por mucho que te empeñases en arrinconar aquello un jueves a eso de las seis. 

Yo te amé, cómo decirte, como se ama a _no tengo ni idea de qué ejemplo poner_  da igual, lo peor de aquello también fue tener que explicarte cómo te quise, cómo te respeté, cómo te cuidé, cómo no sé qué. 

Los idiomas no tienen nada que ver con el lenguaje. 
Yo siento
Tú sientes
Él no sabía qué era aquello. 
Por eso los inconvenientes, los malentendidos, los conflictos y el vagabundeo de un perro alrededor de un burguer cuando van a cerrar. 

Lo que vino después ya da igual, al presente se la suda lo que pasó, a no ser que te empeñes en la inmovilidad y parezcas una lechuga yendo a trabajar. Muchos lo hacen, parece que sólo estuvieran esperando morirse una tarde de primavera, que las flores son más baratas y los familiares, además, del muerto, no se merecen no llegar a fin de mes. 

El idioma, decía, no tiene nada que ver con las palabras. Tampoco con los hechos. Yo te lo dije por arriba, por abajo, por los lados y tú ponías la espalda. Qué bonito torso, qué columna tan recta, qué silueta la de tus hombros. Al final sólo me pude enamorar de esa parte tuya, tan cruel, tan a oscuras, tan qué sabe nadie de Raphael. 

Total, que _me haría otro café si no fuera porque me sienta tan mal_ ahora ya sólo estás en la memoria y podré hacer contigo lo que me venga en gana. Si se te ocurre aparecer en algún rincón que no sea mi recuerdo, hazme el santísimo favor de nacer de nuevo. 

Reencárnate en algo puro y tan transparente que no te vea a ti cuando mire al que tendré enfrente. 



lunes, 18 de septiembre de 2017

Si entendieras el silencio, me oirías gritar

Desnuda, despojada, aniquilada. 

Me hago un café, miro el reloj, siento todo aquello que quise sentir y no viví. He vivido tantas vidas paralelas dentro de mis deseos que ahora, a esto, le llamo abismo. Arenas movedizas con fango y vísceras verdes, densas, tan pesadas. 
De verdad que me hubiera gustado encontrar dentro otras luces, un rosario lleno de bolitas de fe, ser una apasionada de las vacunas que curarán el cáncer. Sobre todo el mío. Pero ya no tengo fe ni sé curarme. Siempre salpico de sangre los abrazos. Y de cenizas lo que los otros aún creen que ocurrirá ahí fuera. 
La vida no tiene sentido. Tú en el fondo también lo sabes, la diferencia es que al ir y venir tú has conseguido entretenerte y yo leo sin querer, de verdad que es sin querer, lo absurdo de casi todo lo que vivo. 
Y quisiera trascender esta identidad que me gobierna. Los rincones de siempre, el juego del deseo, del placer, lo de ir detrás de metas transitorias que dan paso a otras, y a otras, y a otras. Escapar al futuro un rato, a ver si allí, quién sabe. Perpetuar el pasado, buscando lo mismo, algunas flores entre la hierb.. entre la mierda. Y mis piernas, tan conscientes como yo, están quietas. Pero el corazón no se para y la vida sigue respirando a través de la misma identidad. 

Desnúdame, despójame, aniquílame. 

No había nadie y seguía sin estar sola

A veces hablo de la soledad como el que habla de la calidad del pan de la confitería de la esquina. Como si fuese tangible, física. La dibujo, a veces, como una sola flor en medio de un folio. O un punto negro. Una mísera gotita de lluvia que anuncia tormenta pero que al final no hubo tormenta ni chiribiri ni ná de ná. 
La soledad. 
En la mente un concepto que deviene en innumerables términos dando vueltas en espiral. El miedo apoderándose de cada uno de los instantes. Es que yo no quiero quedarme sola. Ya lo estás pequeña mía. Qué más podría pasar. 
Y eso creo en realidad. Qué susto podría suponer después si ya has llorado, si ya has deambulado, ya has gritado, pegado y machacado los cojines del salón. 
Si pudiera elegir, querría compartirme. A través de la relación con los otros me relaciono mejor conmigo misma. Al final los demás son trocitos de nosotros con otras caras, otras barbas, otro color de ojos y los mismos dedos en las manos y en los pies. Compartirme. Expresarme. Abrirme. 
Me gustan las relaciones en donde se van mostrando las profundidades, en calma, abiertos, entregados. Algunos le llaman amor y a mi la verdad es que ya me da el nombre. 
Si pudiera elegir, querría que alguien se compartiera conmigo. Un milagro andante en cada par de dos que deciden explorar el mundo íntimo desdoblándose ante el otro. 

La soledad. 
Me he llegado a enamorar de mí, de mis sombras y linternas, como lo hice de aquel al que dije amar. O necesitar, que tampoco sé ya muy bien cuál es el nombre que tenía aquel laberinto. Y abiertamente me expreso que a mi lo que más me gusta de la soledad es poder compartirla. 


sábado, 16 de septiembre de 2017

Amigos ya tengo

Decía: 'porque somos amigos, porque nos llevamos bien...' como razones por las que manteníamos el contacto en vez de mandarnos a tomar por culo en mayúsculas y con redoble de batería electrónica de fondo.

En realidad yo mantenía el contacto con él por esa extraña sensación íntima que siempre echa mano del futuro para sentirse bien. Si en un futuro las cosas cambiasen y nos pudiésemos ver para ir al cine y me preguntases lo de qué tal el día y por las noches, ay amor, me dejases acariciarte el pelo, entonces tendría sentido lo de mantener el contacto en el presente. 

Por suerte adiviné que llevaba haciendo lo mismo los últimos seis años, esperar un futuro que, si esperaste seis años, es porque no llegó. 

Y entonces, compré una batería electrónica.