martes, 8 de septiembre de 2020

Desde el vacío

Yo ya no sé nada, las únicas cosas en las que basaba mi vida, reducidas a poquísimas después de cuatrocientas agonías y sus consecuentes muertes, están resquebrajándose. Hablaba hace poco con Pé, de los dos o tres troncos que sustentan el todolodemás. La relación con uno mismo, el amor y algún otro palo en el que anclarnos. 
Ni siquiera hoy puedo afirmar con rotundidad que sean esos lugares los espacios en los que me muevo. Ten en cuenta que lo de la "relación con uno mismo" es una de las mayores falacias. Como si hubiera dos tipos dentro de mí (uy, mira, un tercer) que se pasan la vida aprendiendo a llevarse bien. Y no. Yo no soy dos, soy quizá tres millones de formas cambiando sin parar. Y en lo del amor, ya se sabe, el concepto abstracto que llenamos de palabras y pautas y condiciones para separarlo, para aislarlo, para limitarlo y entenderlo y del que me doy cuenta que, efectivamente, no sé de lo que hablo cuando lo nombro. 

Así que en transformación constante andan las percepciones. Como si ni siquiera hubiera un yo con el que identificarme. Ah... la libertad, qué bonita palabra y qué sensación más extraña. Lo que ahora siento no cabe en ningún concepto previo de los que ya conociera. Todo se ha vuelto de todos los colores que imagino y los que aún no he creado. 

No sé cómo es la vida. Es precisamente eso, que creía saberlo y, de nuevo, ese concepto, ya no me sirve. Transformación intensa de la forma que mira y percibe. Soy conciencia y nada más que eso. Y lo cierto es que no sé absolutamente nada de lo que experimento. 


1 comentario:

José A. García dijo...

La vida es cambio, transformación, alteraciones. Todo lo contrario es rutina y la rutina no es vida. No, no lo es.

Saludos,

J.