¿Sabes? Yo no tengo miedo, sobre todo porque me da igual morirme de golpe que poco a poco. Que he aprovechado mi vida a manos llenas, llorando como si fuera gratis y riendo todas las veces que surgió la carcajada.
Ya me muero poco a poco, ¿acaso no me queda menos que antes? Y aún así, en este viaje que parece un juego, sigo enriqueciéndome y perdiendo y arruinándome y sabiendo que cada noche, cuando muero ocho horas porque no sé ni dónde estoy, podría no volver a despertarme, podría ahora cerrar los ojos, abrir los brazos y dejarme de nuevo vapulear por la vida, que arrase con todo lo que soy.
¿No ves cómo renazco? No ves que no soy nada de lo que ayer te decía, que otros pensamientos, otras emociones, otras ideas, otros sueños me sueñan. Cada día es más nuevo porque cada día sé más quién no soy, si es que hubiera alguien de verdad escribiendo esto.
Así que no tengo miedo del espectáculo, no tengo miedo de la cárcel, de los suburbios de la vida, de los comedores donde quizá un día tenga que pasar hambre en la cola. No tengo miedo porque no hay un lugar al que llegar y no llego, ni hay un deseo que cumplir y no se cumple, no hay un destino ni una meta ni una línea de llegada más allá que esta desde la que se escribe este texto.
Amar, amar, amar. Sale esa palabra, se escribe sola...
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