Andamos los extraños buscando huecos donde anidar, no es que queramos proteger a nuestras crías, la mayoría de las veces no tenemos otra cosa que salvar que a nuestra propia ternura. Sabemos de su fragilidad y delicadeza, tan tenue que desvanecerse cuando sopla el viento fuerte es demasiado habitual.
Nos sirven los textos de quienes tampoco encontraron fácilmente un refugio, nos basta el inicio de una canción, las telarañas de las arañas que nos recuerdan nuestra propia mente, las arrugas, los hoyuelos, el agua en ebullición y el montón de hojas en el suelo de otoño haciendo crícrí.
Andamos los extraños achinando los ojos para ver si en el ángulo de la mirada aguda, de repente, rugiera una flor de las del montón y pudiéramos deleitarnos en la belleza de lo simple, el último reducto que hemos leído que nos dará la paz.
Se cansan los pájaros extraños en un mundo de cordura inhóspita, de obediencia cerril, de obcecada sumisión. Se cansan de pensar, de volar, de agitarse, de empujar y van buscando huecos donde anidar.
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