Acostumbrada a salvar almas perdidas y vagabundos del dolor, me cayó en la frente un sonoro estruendo cuando ante la pregunta 'de qué estás más falto, de sexo o de amor', él contestó 'de ninguna de las dos'.
Debió ver al esternón dándose la vuelta entre la tela de mi sujetador, debió notar el blanco de los ojos inundándonos, debió lamer unos labios en guardia y un montón de tiempo libre avecinándose entre los dos.
Ocupada en la salvación, como digo, de pechos dañados, de armarios cerrados y de recuerdos sepultados, no sé muy bien qué se hace cuando no hay nada que hacer. No sé cómo se relacionan los vencedores, los libres, los amantes que no tienen otra cosa que hacer que seguir ganando en cada paso algo que llevarse al corazón.
Ni siquiera sé cómo se llama a ese contacto, cómo se actúa, cómo se convierte uno en acompañante del otro sin cadenas con forma de alas, sin yo tiro de ti para no caernos los dos, sin ven que sin ti me muero y sin más ocupación que poner en práctica el verdadero amor.
Pero me fui a casa sabiendo que nada se parece a lo que inventé. Que no esperará algo de mí, que tal vez ni siquiera quiera un nosotros dentro de poco ni de mucho y que tiene más pinta de pájaro de la que jamás tuve yo.
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