Viene con su traje negro con capucha y guadaña, viene y se instala en el borde. Lleva conmigo toda la semana y hacemos cosas juntas, la compra, la cama, también nada.
Hacemos, deshacemos, dormimos un poco y la mayoría del tiempo, cuando más cosas hacemos lo que está ocurriendo es que yo quiero verla menos.
Que a veces es enorme y se pone delante y ya no veo nada en los espejos. Otras disminuye porque alguna otra historia anda al frente. Pero eso no es desaparecer, eso es esconder.
La diferencia es que la primera cosa me deja liviana y voluble y la segunda me cansa.
Cuando las tareas disminuyen, coge las riendas y va pintando de negro las paredes y lo charcos, por eso hay gente que odia los fines de semana. Yo no. Porque toda la vida son vacaciones y los lunes pueden ser tan tristes como alegre el de la siguiente semana.
Son las seis y en el desnudo de carreras me ha cogido por banda. La tristeza tiene esas cosas, que si no le das un buen sitio cuando viene, si la tapas, si la disfrazas, si la apartas, se hace tan grande que te ocupa toda la cara.
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