Es como querer entrar siempre a una escena de la radio, no se ve, no se huele, no se toca. Yo siempre quiero entrar en esos lugares inexistentes donde pasan cosas y se cuentan luego cantando y bailando y temblando como tiemblan quienes habitan los libros de amor.
Querer aparecer de repente detrás de un cristal y volver locos a los vecinos y que nos llamen la atención y dejad ya de follar porque nos recordáis que nosotros ya no. Sé que me entiendes. Estar ahí con un vestido rojo y un dragón y dar carne a los fantasmas y prender una cerilla que se cargue las sombras y soplar y saltar como un canguro y escribir que todos los imbéciles tenían razón.
En el borde se vive bien, de verdad, en el borde de lo imposible, en las fronteras de lo que les pasa a otros, rodeada de barreras que no están pero que no me dejan pasar, se vive bien. De puta madre diría yo. Pero en fin, eso, sé que me entiendes otra vez.
Él ya está allí. Él y las cervezas y el coche y la cartera llena y mis amigas viviendo aquí y una revista donde publican lo que hice yo y mis hermanos llevándose bien y él otra vez. Él siempre está allí, lleva toda la vida esperando a que aparezca yo. En fin, esas mierdas que uno inventa y con ellas revienta la maravillosa sensación de simplemente estar vivo, aquí, vivo y real.
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