viernes, 25 de octubre de 2019

Los agujeros no se ven

Pero tengo el alma desbordadita de agujeros y pienso, en todos los abrazos que preciso, que busco. Y que invento. Tengo el corazón encogidito porque me hice bolita después de todos los golpes que me dieron sin darme. Y tengo el pecho y los ojitos cansados de tanto llanto. Que ya no lloro, es cierto, porque lloré mucho y. 
Sí que lloro aún. Por ejemplo, ahora. 

Y levanto y vuelvo y navego y sonrío a los niños en la cola del supermercado y cuando van en el coche de al lado y el semáforo nos pilla en rojo y pasamos ahí un ratito diciéndonos cosas con los ojos y con las manos. Se van y vuelvo a buscar en el pasillo, en el salón, en la cocina, en la chimenea, en los armarios de la vida, porque la vida debe tener armarios, ¿no? porque es un hogar donde a veces encuentro mi sitio y otros, no. Otros no. 
Decía que en la vida, en sus cajones y estanterías voy buscando adornos que me adornen, gafas de cerca que me lean, que me vean, que se queden conmigo, hasta el final si quieren, hasta que cerremos la contraportada como metáfora de mi ataúd y su tapa. 

Estoy llena de. 
Al revés, me vacié de casi todo y salen dibujos y pinto y escribo a menudo. Bebo cerveza y sonrío, luego sonrío más minutos y al final carcajeo. Hago eso, nada, y la vida se expresa y me usa. Pero yo. Yo tengo el alma encogidita porque sigo queriendo unos brazos que me abracen y unos labios que me labien y unos ojos que me ojeen para poder yo mirar de frente y abrir a bocajarro otra de esas almas perdidas que saludan a los niños de los coches de al lado cuando el semáforo se nos pone rojo. 

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