domingo, 8 de marzo de 2020

La chispeante agua de una fuente estancada

Intuyo que si me pongo a escribir de esta tristeza a la segunda línea ya estaré vertiéndola. Por eso estoy aquí. 
Sé que hablar de ella algunas veces la aleja; el filtro del lenguaje dispara las alarmas y entre que pienso lo que voy a decir y el cómo lo voy a expresar, me como enterito el llanto y pare usted de llorar sin empezar.

Hoy es de esas otras veces en las que quiero adentrarme para verla y mirarla de frente y conocerla y hablarle y preguntarle y dialogar pero se me escurre en el mismo comienzo. 
Y con el pecho sostenido y bloqueado y pesando y estas piedras y esta agonía y este desaliento cuando dejo de escribir, como no pasa nada, sigo escribiendo. 

No sale. Novena línea y nada. 

El desconsuelo de unos versos que hablen de una ausencia. 
El deseo intangible de vivir en un abrazo. 
La soledad desmedida e inexistente que me alberga. 
Trece líneas. Continúa la sequía. 

Es lo peor, francamente, estar alegre y no poder reírte. Y aún más la crueldad de estar triste y no poder llorarme. 

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