Intuyo que si me pongo a escribir de esta tristeza a la segunda línea ya estaré vertiéndola. Por eso estoy aquí.
Sé que hablar de ella algunas veces la aleja; el filtro del lenguaje dispara las alarmas y entre que pienso lo que voy a decir y el cómo lo voy a expresar, me como enterito el llanto y pare usted de llorar sin empezar.
Hoy es de esas otras veces en las que quiero adentrarme para verla y mirarla de frente y conocerla y hablarle y preguntarle y dialogar pero se me escurre en el mismo comienzo.
Y con el pecho sostenido y bloqueado y pesando y estas piedras y esta agonía y este desaliento cuando dejo de escribir, como no pasa nada, sigo escribiendo.
No sale. Novena línea y nada.
El desconsuelo de unos versos que hablen de una ausencia.
El deseo intangible de vivir en un abrazo.
La soledad desmedida e inexistente que me alberga.
Trece líneas. Continúa la sequía.
Es lo peor, francamente, estar alegre y no poder reírte. Y aún más la crueldad de estar triste y no poder llorarme.
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