Claro que me enamoré de ella, como se enamoran las abejas del polen brillante y sabroso de los arrecifes que debe haber en el mar. Me enamoré como los trenes que no paran y los aviones que no aterrizan nunca. Me enamoré con las tripas y el alcohol, con las vísceras y las entrañas de un pasado en el que solo deambulé dando amor para que no se viera mucho que el que lo necesitaba era yo.
Me enamoré pero seguí con mi mujer. Entiéndanme, no es fácil soltar amarras cuando no sabes qué hay detrás del terraplén. Lanzarme era estrellarnos en un futuro incierto que no conocíamos ni ella ni yo. Y sí, ella iba con paracaídas y bombonas de oxígeno. Ella parecía saber que por mucho que cayéramos al vacío de la soledad cuando dejásemos de querernos, siempre habría un lugar donde descansar.
Pero yo no pude, entiéndanme de nuevo, confiar en algodones ni en colchones que me sostuvieran ni estaba preparado para morirme otra vez. Así que ahí me quedé, asomado a una ventana con vistas al mar desde mi celda de diez por diez con estrellas en el suelo pinchándome los pies. Me quedé. Y pienso ahora en los arrecifes, en los acantilados, en las excursiones de verano, en el frescor de agosto que salía de su boca en plena ola de calor. Pienso en eso, en lo triste que ando, en este vacío en el corazón donde caben dinosaurios y dragones y mazmorras donde encierran a los héroes. Pienso en eso y en que si pudiera elegir otra vez, por mucho que les moleste a los que leen, volvería a elegir exactamente igual de mal. Que soy de esos cobardes que eligen la seguridad de la tierra a la incertidumbre de volar.
2 comentarios:
que lástima... vivir es eso, vivir, lo otro pareciera que no lo es... besos!!
Hola! :) Pareciera que no lo es, pero muchas personas creen que sí.. que con eso 'basta' :)
Publicar un comentario