Buscar un soplo de aire fresco en el desierto del alma ajena. Encontrar destierro, ráfagas de viento, una tormenta de arena, quedar sepultado bajo mis propios restos.
Todo eso escribía mientras me traían el café. Pensaba en ti, como tantas otras veces. Escribía eso al mirar la ausencia, el vacío y todo ese rollo que tan bien conozco. Si tan solo pudiera mirar lo que sí en vez de lo que me falta. Qué sería de esta mente violenta, qué sería del laberinto, de la enredadera, de la madeja. Ver qué es lo que sí.
Si pudiera, por un momento largo, esparcir mi conciencia en el tacto, en los pájaros que ahora oigo, en el calor de la estufa que acabo de prender, incluso en el frío de los dedos. Si pudiera, alma mía, gozar de mi pelo en el cuello, de los párpados cayendo, del daño que me hacen las patillas de las gafas en lo alto de la nariz.
Pero no. Recuerdo cómo olía tu cuello y lo comparo con esto. Viajo al primer trago de la cerveza que compartíamos. Y al suelo donde nos dejamos las rodillas haciendo el amor.
Vengo a esto.
Vuelvo a eso.
Y así paso los ratos; bandazos entre la carencia y el abundante contenido que abarca mi presente. Quiero poder quedarme quieta en uno de los lugares. Me da igual cuál. O llorar por todo lo que me falta o disfrutar lo que se me aparece.
Porque este engendro de territorio en mitad de ambos mapas me deja muerta aunque no haya ninguna guerra.
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