lunes, 15 de abril de 2019

La herida sin sangre que no deja de sangrar

En el centro del túnel encuentro más agujeros, lo espeso de mis lágrimas evoca la pena antigua. Hay telarañas, huele a podrido y aún sin andar hay huellas por todas partes. Es invierno en este estado. Me veo tiritando como única manera de saber que el calor sigue existiendo en alguna parte. 

No es la depresión, me digo. En aquel entonces el túnel era un pozo. Caí y se cerró el hueco por donde entré, no quedaba ni una luz-guía. 

Ahora tampoco, pero hay diferencias. Por donde paso, yo misma soy cerilla prendida. Aunque nada se alumbre. Soy conciencia, se parece pero no es lo mismo. Lloro tanto... Aprovecho ese agua como símbolo para saber que no me moriré de sed. Tampoco de hambre porque voy comiendo recuerdos: ya estuve aquí y conseguí salir. 

Me asusto, es cierto. Muchas veces tengo miedo. Y en el corazón encuentro cierto alivio, son mis propios dragones, cansados, cabizbajos, dándome asilo. No sé por dónde se sale. No huyo despavorida dándome golpes por las paredes. Puede que esté muy triste pero no quiero estar más dolorida. Creo que he encontrado la herida sin sangre que nunca dejó de sangrar. Tal vez esta vez la cure. No sé cómo hacerlo ni por dónde empezar. Quizá sea precisamente lo que estoy haciendo, no dejar de llorar. 




1 comentario:

Manolo Blog dijo...

Qué poco espacio hay entre la risa y el llanto... y qué difícil es recorrerlo...