martes, 29 de enero de 2019

Asomarte a otro es la mejor manera de saber qué tienes dentro

... pero estar conmigo te obligaba a mirar dentro, asomarte al abismo de la existencia, saber de complejas sombras, química, letras, abominables emociones, pensamiento absurdo. Estar conmigo te resultaba incómodo, peligroso, arriesgado, pesado, laborioso. 

Hay personas que prefieren vivir en las afueras y tú eras una de ellas. Personas de esas que saben convertir todo en tapadera. Entretenimiento, diversión: no me hables del fondo del océano, me quedo en las olas, en la espuma, en el polvo, en los relámpagos. 

Estar conmigo era incómodo. En mi dolor podías ver el tuyo. En mi llanto el tuyo. En mi desorden el tuyo. También pudiste ver la magia que nos recorre, la alegría sana que nace cuando amanezco. Podías ver un extenso cielo raso y llano y azul y lleno de aire fresco. Pero seguía siendo incómodo. 

Por eso el rechazo y los deshechos. Alejarte de mí era hacerlo también de ti: el lugar donde te encuentras cómodo. Con todo tapado, enclaustrado, el desván de los trastos que no se visita. Y te entiendo porque nada da más miedo que asomarnos dentro, aunque nos cuenten que allí, al fondo de la cueva, después de las dragones, de los monstruos, de los fantasmas, está el tesoro. Total, se puede vivir sin tesoros cuando tienes mucho dinero. Yo como no tengo soy mucho más rica. Y quería compartir. Compartirme. 

Toda mi vida he querido eso. Lo sigo queriendo. Compartirme. Y ojalá hubiera visto, entendido, sentido, mucho antes, que tú ni siquiera querías estar contigo. 

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