Escribo, escribo, vuelvo a escribir para dar materia a esta sed de no sé qué. Busco un destino, una diana en cualquier parte, un niño en el coche de al lado, mi sobrina, el que pasaba por allí, el que siempre está dentro.
Escribo para no ahogarme donde no hay agua. Qué pasa dentro, qué está sucediendo. A mis dedos no le importan las razones, las causas, los efectos, no le importa el sentido, la lógica, viven fuera del tiempo y de todas las explicaciones.
Me desborda la vida y me utiliza, sale, brota, crece, se extiende y me deja en un cuerpo tan pequeño, tan pesado, tanto estorbo entre eso y lo que ahora cuento.
Hay estrellas en cada uno de los versos, todas las que acabas de imaginar y dos galaxias más. No soy, no soy más que el tobogán por el que caen y caen y vuelven a caer un montón de tormentas. Y luego un acantilado y una bandada de pájaros y de repente otra vez nada cuando se acaba el puto párrafo que ahora acabo.
Un destino, escoge uno y se vierte lo que no me cabe. De verdad que yo no hago nada, solo llorar de vez en cuando porque no entiendo absolutamente nada. Y me confundo y creo que soy yo la que necesita un cuerpo o unos ojos o un corazón capaz de no asustarse tanto como me asusto yo.
Pero no hay nadie, nadie que se quede a vivir en medio de tanto vértigo.
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