Debajo de la esclavitud del pensamiento debe haber dos alas. El sosiego del vuelo, la calma de las orillas de todas las playas que no he visitado.
Detrás del trasiego de conceptos debe ser el fondo del océano el que se encargue de todo esto. Un jilguero despierto, el musgo fresco, los arrecifes del norte.
Debajo del sufrimiento que trae un pensamiento, y después otro, y otro más lejos esperando aniquilar la templanza hallada, debe haber consuelo. Un abrazo del universo con las manos enredadas en el pelo, en el pulmón izquierdo, acariciándome. Nombrando mi nombre.
Detrás de los entierros, la calma. Pasa un muerto y otro montón de ellos siguiendo el féretro. A veces llueve después, en todas las mejillas y en lo alto del cementerio. Yo soy eso a veces, la madera que me albergará ya está plantada. Los gusanos que me comerán, la tierra que abonaré, los huesos que alguien sacará alguna vez, un día después.
Todo existe ya. Pero yo no veo lo que hay detrás de este muro infernal tan lleno de agujeros.
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