jueves, 14 de diciembre de 2017

El cariño está subestimado

No recuerdo si cuando era pequeña quise subirme al regazo de mi madre, sentarme sobre su falda azul marino de paño y dejar que me acariciara el pelo. No recuerdo si me agarraba a sus rodillas, con mi frente a la altura de sus muslos y andaba con ella como un koala muerto de frío. 
O si me acariciaban el cuello. O si me daba besos en la frente en algún otro rato que no fuera el de comprobar, con los labios, si me había subido la fiebre. 
No recuerdo la arena del desierto que debió anidar conmigo en mi cuna cuando ella, triste por la muerte de su padre, lloraba en su cama no queriendo poner ninguno de los pies en el suelo. 

Pero yo sé que antes, en algún momento de la historia del planeta tierra, yo fui eso. Un amor andante con pantuflas y babero. Sé que lo fui por cómo ahora, cuando apareces en la escalera con tu abrigo de montaña y tu iglú en las sienes, podría abrazarte hasta deshacerte. 

Sé que lo fui por lo lejos, por lo distante, por lo allá de tu cuerpo cuando entre nosotros hay apenas treinta centímetros de silencio en medio. Por mis manos queriendo volar y anidar un rato en tu pantalón de pana, en la lana de tu jersey negro, en los rizos de raíces que llevas como pelo. Por mi boca muda nacida para dar besos y por mi lengua tan húmeda como una de tus cetáceas belugas.

No sé qué es el cariño, nunca he sabido qué hacen los que lo tienen. No sé si besan a menudo, si tocan, palpan, acarician, lamen, frotan, estrujan o aprietan. Sé que ahora, con los cuarenta y dos segundos recién cumplidos, tan recién parida como me siento, lo que más me gusta es todo eso. Porque de la barra de acero atravesando orificios propios sólo queda ya un poco de humo denso que ansía la invisibilidad expresando menos óxido y más amor pleno. 

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