lunes, 7 de agosto de 2017

Las desventajas de un protagonista

A veces despierto del letargo y aprecio, en su más honda y extensa magnitud, que he sido secuestrada. No sé quién efectúa el secuestro, quién rapta mi capacidad de observación, pero vuelvo de repente a las escenas cotidianas y, advierto, con lucidez, que llevo los tres últimos días viviendo una película mental llena de embrollos, conflictos, madejas de pensamientos e inmenso desasosiego .


Casi siempre eres tú el que provoca el sueño. Tú como personaje determinante y revelador de una personalidad propia que en esos días deja, precisamente, de ser propia. 

Ajena a lo que ocurre, me inundo de inmediato en los vaivenes de las emociones oscuras y blancas. El dolor en el pecho: las taquicardias de un corazón con tanto miedo y tanta alegría que tiembla queriendo salir de su caja torácica, tan amplia otras veces, tan cómoda, tan espaciosa, convertida poco a poco en un minúsculo espacio donde no cabe tanto latido desmesurado. 

Toco el cielo. La vida es ese lugar donde mis deseos y paranoias están vivos. Es el lugar donde puedo tocarte, aunque sólo seas la carne física necesaria para que yo sea feliz y risueña y me sienta rica y fresca como las manzanas recién cogidas del manzano verde y reluciente. 

Toco el suelo. La vida es ese lugar donde mis terribles gritos de angustia desbordan los ríos y los túneles y los sumideros de este engendro de ser humano. Ya no puedo tocarte, ni susurrarte cuánto te quiero, aunque sólo seas el desencadenante para que mis propias sombras llenen de fango la habitación donde me encuentro. 

En realidad todo es igual que en los últimos no sé cuántos años, pero mi identidad hace propio lo ajeno y externo y lo trae tan adentro, tan en las sienes, tan certero que ya no hay árboles ni aves ni esquinas bonitas al final de las paredes. El pasado, el futuro, lo que fui, lo que seré, mis agonías, mis sueños. Me convierto en todas esas aristas. Ya no hay espectador observando deleitado el devenir de las rosas de mi terraza cuando se secan. Maravillado. Sólo hay sensación de haber soltado el timón y el ancla y ser un pequeño barco sin velas.

A veces despierto del letargo y aprecio, en su más honda y extensa magnitud, que estoy escribiendo esto. La aorta ha recuperado su hegemonía y vuelve a servir para lo que servía, traerme viva a este preciso momento. Ni uno más. Ni uno menos. El secuestrador abrió las puertas. 


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