miércoles, 11 de enero de 2017

La libertad cabe en el ojo de una aguja

Y ahí sigues, en la eternidad de tus cosas. Tus ideas, tus principios que nunca comienzan, las creencias sobre las que sustentas tu vida. Que si la infancia fue horrible, decías, como creyendo que la mía olía a la rosa de la que habló El principito. 
Yo también lloraba sola en la cuna y oía llorar a mi madre porque su padre se acababa de morir tosiendo. Tuve un padre adicto a traer dinero a casa olvidando que tenía que haber estado, precisamente, en casa. Y la depresión, y el suicidio y el accidente y todas esas putas noches llorándole al dios en el que creía para que me sacara de aquí. 
Y ahí sigues, en la eternidad de tus cosas. Como si las cosas, la vida, el mundo, este planeta, fuesen un decorado de guillotinas para tu frente. 
¿Sabes? la vida es esto. Lo que haces con ella. Yo ahora escribo. Y fui a terapia. A veces dibujo. Me pongo muy triste y sé lo que me ponen los abrazos. 
Quién eres tú. El niño asustado. Ya lo sé, sé lo que es el miedo. Y también sé que acojona muchísimo aunque los terapeutas nos digan que es psicológico. 
Pero vamos, venga, te tendí la mano. Y el pie. Los pelos. La espalda, las piernas, la nuca, el ombligo. Vamos. Venga. Pero ahí sigues, en la eternidad de las cosas. Víctima del entorno. 
Olvidaste que eras el dueño. No quisiste creer que lo eras. 
La responsabilidad asusta cuando no sabes de lo que están hablando. Las riendas, recuerdas? Coge las riendas, te decía. Aunque sean unas riendas que no quieras compartir conmigo. Cógelas. 

Y sí, es cierto. Escogiste las riendas. Y te ahorcaste con ellas. Las convertiste en cuerdas para enredarte. Ojalá hubieras seguido conmigo. Aunque nunca nos viésemos. Ojalá hubieras escogido algo que te hiciera feliz y no algo que tapase las penas. 



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