martes, 13 de diciembre de 2016

Real

Le puse tu cara a los que caminaban por la calle Fernández Guirao, a los cajeros de los supermercados donde compraba chocolate y a los vagabundos del centro. Tenían tu voz los cantantes de las verbenas del pueblo. Los publicistas de la radio entonaban tus frases. Y las matrículas de los coches tenían el puto día en el que naciste. Y del día en el que nos morimos de frío en aquella cabaña de Inazares. Y los puentes, y los árboles, y los graffitis de esta ciudad. Y no saliste en las noticias, ya lo sé, pero eras noticia todos los días. Aquí. En el espejo del baño y en el sofá. Me mirabas siempre desde el otro lado de la ventana cuando me vestía. Y me esperabas sentado en el váter a que saliera de la ducha. Tan mojada, tan húmeda. Tan sola.

Le puse tu nombre a los hombres que llegaron. A los que se fueron a los cinco minutos después de abrirme el corazón. A los que no me conocían de nada y tal vez, quién sabe, me miraron al pasar. Al cuñado de una amiga, al nuevo trabajador de la empresa donde trabajé y al monitor del siguiente gimnasio al que finalmente me apunté. 

Tu cara y tus labios y tus dedos largos tocando un piano. Tu espalda y tus vaqueros desabrochados y los calcetines rojos por el suelo. Le puse al mundo real un alguien como tú. Siempre estabas. Siempre estabas. Desde que me acuerdo soplo velas pidiendo que aparezcas a la orilla de la chimenea abriendo una botella de vino y una bolsa de patatas fritas. Y abriéndote el corazón. 

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