jueves, 15 de diciembre de 2016

En puerta cerrada no entran penas. Ni todo lo demás.

Llamo mil cuatrocientas millones de veces a tu puerta cerrada. Llamo para ver si un día la abres y salen fantasmas que no conozca. Pero no. La madera vieja en las narices, el olor a podrido, las bisagras chirriando. Llamo. 
El fantasma al final es el mío, anclado a las puertas de un corazón, con su sábana blanca, con sus bolas negras tintineando, con su lacito rojo en lo alto de la cabeza. Pom, pom, se puede? Dijo caperucita la feroz. Antes. Antes era feroz. 
La indiferencia va poniéndole flores a la sábana que aunque tú la veas por los suelos, ya no se arrastra. Es curioso haberte pedido el cielo y no. Haberte pedido una estrella y no. Haberte pedido un paseo y no. Haberte pedido un café y no. Bajando el volumen de mi voz, quién sabe, tal vez. Al final lo que me diste fueron las flores de la sábana. Y mariposas. Y pájaros que, por fin, vuelan saliendo de la jaula de mi cabeza. Ay, el desamor. Qué bonita palabra para los que nos morimos cuando queremos encontrar de verdad el amor. 

Llamo a tu puerta. Otra vez no, cómo no. Y el espejo de mi baño reluciendo cuando paso. Cuando lloro o cuando lo otro. En mis ojos encontré el cielo y la estrella y el paseo y las manchas del café. 

Y bien. Qué bien. 


No hay comentarios: