viernes, 16 de diciembre de 2016

Del miedo y otros escondites

Pero un día, no sé cuándo, se nos ocurrió protegernos del frío. Sin que hiciera frío. 
Otro día, por la tarde, nos dio por pensar que mejor que evítasemos el viento. Sin viento. Y las olas. Sin olas. Y el dolor. Sin dolor a la vista. 
Pero creímos que sí, que en el futuro, en ese engendro de presente que se nos crea en las sienes, iba a haber dolor y olas y viento y mucho frío. 
Y fuimos rozando humanos con un palito de almendro, desde lejos. 
No sea que. 

Conozco a algunos a los que les dio por bañarse de vino, o por beber marihuana, por follar, por llorar, por quejarse, por tener claustrofobia, miedo a volar y pánico a todos los tipos de alturas. 
Y por eso dejamos de enamorarnos. Entre nosotros o de cualquier otra clase de vida. Ya ni siquiera habitamos los árboles al mirarlos, ni sonreímos cuando sonríe un bebé gordito en el carricoche que se nos ha puesto al lado mientras esperamos que se ponga en verde el semáforo para cruzar la calle. 
Porque las calles sí las cruzamos cuando toca, cuando ya no pasa nadie. Y llegamos al portal del edificio Juan XIII, a las ocho en punto de lunes a viernes. A fichar. A trabajar. A aburrirnos muchísimo mientras esperamos otro viernes. 

El miedo. 
El miedo. Por eso ya casi nadie quiere madrugar para salir a volar. 

Qué pereza me da todo. 
Qué bosque de corazones dormidos. 

Se me está durmiendo el mío. Sin querer. Sin que haya nada que querer. 




No hay comentarios: