lunes, 21 de noviembre de 2016

Humildad

En el otro lado del mundo, después de los párpados, debe haber oportunidades para los débiles. Detrás del muro que Elisa construyó alrededor del corazón, más allá de los trocitos de cristal, de las vísceras de panteras muertas, de zorras malheridas y águilas desplumadas, tal vez había una tienda de ropa vendiendo el abrigo de otros inviernos. 
Elisa se preguntaba cosas, desde la cama, desde debajo del paracaídas que formaba la manta. Recordaba el arco iris que parecía salir de las columnas rocosas que se amontonaban en el castillo de su pueblo. El tobogán oxidado que alguna vez fue rojo en el parque. El vestido azul estrenado en su décimo cumpleaños, con aquel dolor de oídos que la dejó exhausta y sin celebración. Y el muro de ladrillo donde ella y sus amigos igual jugaban a hacer misas que a representar las olimpiadas. 
Elisa. 
Elisa y sus recuerdos esparcidos por el suelo, enredados en las cortinas, colgando del cabezal de forja que le regalaron sus padres cuando se casó. Le duelen los pies de no moverlos. Tiene engarrotados los dedos pequeños, del frío, de estar muy quietos, de no servir de apoyo ni de equilibrio ni de adorno. 
Debe ser media mañana, o tal vez ya mediodía. Cómo pasa el tiempo cuando no pasa por el reloj del despertador. Tal vez lleve dieciséis horas durmiendo. O tal vez han pasado tres meses desde que se durmió. Hecha un ovillo debajo de las sábanas recuerda. Y pregunta. Y no descansa. 
Y cualquiera se levanta, con este hastío. 
En el suelo, junto a las orejas de peluche de las zapatillas hay varios folios cogidos con un clip. Los cigarrillos, el mechero, las bragas, el sujetador y las horquillas de pelo negro. Un divorcio no es un entierro, Elisa. Pero se le han quedado de luto las vestimentas del desnudo. Parece una vieja con redecilla y medias oscuras, sentada en una silla de rafia pequeña, al lado de una puerta de madera mirando la vida pasar por la puerta. Y no se desvanece del todo, aunque sea eso lo único que pide apretando fuerte la estampita de San Cristobal que su abuela Lola le regaló cuando compró el ford fiesta blanco recién sacado el carnet. 
Se fue. Se ha ido. Se acabó. 
En el otro lado del mundo, después de los llantos, debe haber oportunidades para los débiles. Pero ella nunca creyó ser débil. Fue una enorme piedra de doscientos kilos que ahora no hay quién mueva. 



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