miércoles, 12 de octubre de 2016

Se me ha cruzado esto por el centro

Hablé con ellas de estas cosas del bulling o como se escriba. Les pregunté si es tan habitual como aparece en las televisión. Qué diferencia hay entre el ahora cruel y los insultos de antaño, los cuatro ojos, los gordos, los empollones de mierda, las marimachos y los maricones. Qué tienen ahora, qué expresan ahora, que han llevado el asunto al extremo, qué nos pasa ahora que acabamos tirándonos por los acantilados, por los balcones del cuarto. Qué tenía el que insultaba y de qué carece el insultado. 
Ellas no estaban cuando yo estudiaba en un colegio donde la mayoría éramos gilipollas aunque nos creíamos los reyes del mambo. Así que no pudieron decirme la diferencia. Ni siquiera yo pude saberla cuando me contaban que sí, que claro, que eso existe, que siempre se meten con los raros. 
Raros. Me apasiona la puta palabra. Cuántas veces lo habré oído en mi vida. Qué rara soy, qué tipo tengo. 
Les pregunté si ellas, alguna vez, han estado de lado del 'débil'. Y sí. Fueron las nuevas algunas veces. Nuevas en otro país, en otra ciudad. La primera vez que pisas un colegio que ya tiene clases y clases de las otras. Y de repente, por eso, por ser la nueva, eres la peor de la manada. 
Les pregunté si ellas, alguna vez, habían estado de lado del 'fuerte'. Y sí. Pero sólo un poco. Sin participar de protagonistas, se sentían partícipes del vacío a algunos compañeros. Las tres me hablaron de lo que cuesta no seguir la corriente. De lo que te juegas si te pones del lado del 'débil'.
Le dijimos que fuese fuerte, que no prestase atención a los demás, que se valorase. Pero es que ella creyó que ese apoyo significaba que ya éramos amigas para siempre. Y como nadie le hacía caso salvo yo, qué quieres que te diga, era demasiado pesada. Y yo no quería tenerla como amiga, no me caía bien, como tantos otros. Normal. 

Somos una jodida sociedad enferma de humanidad, cardiólogos para todos por favor. Tenemos el corazón frito, el alma perdida y una puta mente poderosa que repite la mierda que nos rodea. Adultos, pequeños, adolescentes, viejos. Por qué no hacemos una alambrada que nos rodee por edades. Por profesiones. Por sueldos. Por colores. Por cualidades. 
Vayámonos todos a extinguirnos cuando den las seis. Por ejemplo. 

Como grupo somos un montón de piezas dando movimiento a un robot. Un robot sin el aliento humano que se nos supone desde nacimiento. Todos muertos de miedo, de frío, de hambre interior, todos muertos de desamor. Y somos tan patéticos que creemos encontrar seguridad aplastando al de enfrente. Y somos tan patéticos que creemos encontrar dignidad teniendo el beneplácito del de enfrente. 
Adultos de mierda enseñando absurdas lecciones, ten más dinero, sé el más listo, el más fuerte, el mejor. Haz lo que sea para conseguirlo. Bien, mal... qué más da. Soy tu padre y ni siquiera sé para qué ni por qué te traje al mundo. Bah, uno más en el planeta apenas se notará, total, crecen solos, se les alimenta un poco a medio día y por las noches y andando. Tengamos el segundo. 

Me gusta la empatía. ¿Es algo que traemos o puede enseñarse desde fuera? Por si acaso fuese la segunda opción, para poder enseñar algo primero tienes que sentirlo tú. Tu ejemplo servirá a otros. Adultos, pequeños, viejos, adolescentes. ¿Tú sabes lo que es eso? Porque para poder ponerte en el lugar del otro primero tendrás que saber cuál es tu lugar. ¿Sabes lo que es eso? ¿Tampoco? 
Llévame a Plutón. Pero asegúrate de que haya wifi.



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