jueves, 27 de octubre de 2016

Remedios naturales: El Orfidal

Que el orfidal se haya convertido en el remedio de tu ansiedad es, cuanto menos, desesperante.
Lo cierto es que hice lo que pude por lo que yo creía que era salvarte, ayudarte y todas esas mierdas que nos inventamos las humanas con el gen de la oenegé. Palabras, taladros y la rígida certeza de que mi ejemplo, mi yo como espejo, iba a servirte de catapulta hacia la felicidad, no sirvieron absolutamente de nada. 

Me pesa sabes? Aún me pesa saber que no pudo ser. Lo de que no hubiese nunca un nosotros con corazoncitos alrededor es lo de menos. Lo que me pesa es no haber servido de algo memorable. Una cosa de esas que uno encuentra cuando se va a la cama sin sueño y rememora tiempos mejores, iguales o de los de en medio. Un recuerdo fascinante con el que masturbarse en tiempos de crisis. 
Oh! Qué gran mujer pude tener... 

Pero no. 
Me pesa, digo. 

Ahora que estamos (más) lejos, el orfidal. Y dos latas de cerveza. 

Qué cojones has hecho con tus ganas. Me desespera no verlas. Porque sé que no eran tu fuerte. Sé que si a mi se me perdían tú no tenías piezas de repuesto para ponerme en las alas. Que lo sé, que no soy gilipollas. Pero te vi sacar algunos recambios de la chistera cuando la vida parecía una mierda y no tenías ganas de levantarte. Dónde los tienes ahora. 

Orfidal. 

Dice una viñeta de las que ahora se me salen por las ramas: '¿Tú tomas tranquilizantes para dormir?'
Y dice el otro 'no, no, yo los tomo para vivir'. 
Es una viñeta que ironiza sobre lo imbéciles que somos. No hablaba de ti. Pero ahora parece que sí. 

Y he aquí mi super consejo de vieja con terapia hasta la coronilla: deja de joderte la vida. 
Cuando te veas rompiendo el papel de alumino de los blister de la puta caja de orfidales.com, acuérdate de que un día no existías, de que viniste de cara a saludar al mundo, al planeta, a tu madre. Que jugabas por encima de los árboles en el pueblo que hay justo debajo de la montaña más alta de esta aldea, y que cuando eras un crío querías jugar al fútbol, al tenis, aporrear una batería y comprarte un ukelele. Acuérdate de tu sobrino, de las (pocas) veces que follábamos, de los aviones, de lo bien que haces el tonto haciendo tonterías y de las risas. Acuérdate de las risas, si quieres, con las que te dolía la barriga. De tus poemas salidos de quiénsabedónde. Acuérdate de mi. O de ella. Y sal por ahí a pasear las piernas, a respirar con el ombligo, a mirar las estrellas, a acariciar un perro, a saltar.
Hay tantas cosas que hacer... y si te aburren te jodes. 
Es la única manera sana de joderte. La otra es una putada. 


No hay comentarios: