viernes, 28 de octubre de 2016

Aquella melodía

Curioso el corazón alborotado, curioso el dolor de pecho, las palpitaciones y el resto de alteraciones físicas. Curioso que ocurran cuando repites lo que tanto repetías entonces. Cuando quedábamos y no venías, cuando mi tiempo te parecía el vacío, cuando no contabas con mis ideales, con mi opinión, con mis ridículas y firmes formas. Cuando me abandonabas, cuando metafóricamente me decías que yo era un regalo que esperaba siempre en lo alto de la estantería. 

Curioso que hablemos con normalidad del tiempo, del trabajo y de los dolores. Curioso que con naturalidad nos ríamos como antes de emprender nuestro puto vuelo sin cielo. 

Y de repente, cuando vuelves a pasearte por el mundo como un dios todopoderoso que ningunea mis palabras, que olvida que al conversar somos dos y que no sólo tu lengua tocando cuerdas conforma la melodía, de repente, me pongo a latir espasmos de rabia, y de pena. El jodido eco del abandono sonoro al que me sometía entre tus vísceras. 'Ok, lo siento', dices. 

Y ahí te quedas alma mía, como antaño entre la lluvia, desnuda, sola, construyendo de nuevo un rincón con palitos y papel del fumar en el techo. No eres tú. Tus acciones provocan eso. Sigue vigente en mi, aunque pequeña, la sensación de la falta del amor que viene de lejos. 
Estoy hasta el moño de ese mísero instante pequeño que se revuelve de manera automática. 
Por fin ahora, basta una canción, la nana que me canto y cuento: yo no soy eso. 

No soy el abandono y la pérdida. 
No soy la falta de amor, la carencia. 

Soy todo. 
Aunque aún le falte un poco de tiempo a mi cuerpo para enterarse de que la rutina en la que estuvo entrenado durante miles de años ya no nos sirve de nada. Ni a él ni a la vida ni al resto del universo. 


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