viernes, 2 de septiembre de 2016

Recarga gratuita

A veces juego a ser bombilla. No, no, interruptor. A veces juego a ser interruptor de bombillas ajenas. Ese y Erre tienen dentro un pabellón de energía. Son iberdrola y endesa. Las dos hermanas se parecen a eso, pero ¿sabes qué? Que fingen no tener apenas luz para alumbrar sus habitaciones, las que todos tenemos detrás de las sienes. Ya sabes, esas mierdas de los humanos. 
A veces juego a ser interruptor con ellas. Y otras veces soy el cargador del iphoneseis donde otros se cargan la batería pulmonar. Lo bonito de mi historia, porque aunque no lo creas, mi camino y mis cumbres y mis laderas y mis pozos son extremadamente bonitos, es que ya sé que no soy la energía misma de la que otros pueden alimentarse. 
En el pasillo de casa hay tres mecanismos de encendido, uno para el salón, otro para el comedor, otro para la cocina, pues tengo esa forma, a veces. La luz siempre está ahí, pero no siempre la ves. Hasta que prendes el botón, clic, hacia abajo y tachán, magia. 
Cárgate si quieres a través de mi, yo ya no me desgasto, algo me atraviesa, algo me traspasa, úsame si quieres volver a funcionar como las muñecas que reían o lloraban o hacían pipí cuando les ponías un par de pilas nuevas. Pues algo así.
Otra cosa es que, a veces, el interruptor no funciona, se rompe, se ha martirizado un cable y no conecta bien, según dice el técnico eléctrico electronizado. Y a veces me pasa que no tengo ganas de jugar con otros a ser interruptor ni cargador ni voltios ni vatios. Y paso a ser, también, una central nuclear en desuso, cerrada, con falta de aire. Y otros, digo yo, harán de interruptor y de cargador y de voltio y de un millón de vatios. Personalizados. O no. 



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