lunes, 12 de septiembre de 2016

Inmóvil como el aire

En algunos programas de la tele son todos muy felices, les salen todas las cosas bien, consiguen sus sueños y la vida toma café con ellos todas las tardes, con sus lazos rosas en el pelo y unos grandes pendientes de aros dorados donde anidan pájaros azules y verdes.
En algunas calles de esta aldea las señoras sacan una silla a la puerta cuando cae el sol, una chica pasea a su perro y hay pintadas con un te quiero cariño en varios muros de hormigón.
Ayer estuve andando. Andando un par de años. Cuarenta y cinco minutos moviendo los pies, uno detrás de otro. 
En algunos tramos podía escuchar los cacharros sonando en la cocina, la tele puesta en los salones, una persiana subiéndose, él diciéndole a ella que saque el pollo del congelador. 
Anoche estuve andando desde que cumplí los catorce, con esta crisis existencial, con tantas preguntas, con tanto vacío en las respuestas. 
En algunos mensajes del móvil hay puntos suspensivos detrás de mi nombre; le dije que podía pegarle muy fuerte por el daño que me hizo y que podía hacerle el amor. A partes iguales. 
Anoche estuve andando hasta los cuarenta, sin poder parar de llorar, con espasmos en el pecho. 
Y al llegar exhausta al ahora mismo, a la ducha del después, pude sentir el alivio de la vida pasando, los suspiros de la vida haciéndose, el aliento de la vida con su lazo rosa en el pelo y sus nidos de aves en los pendientes. 
Y allí sigo, balanceándome en los aros dorados viendo pasar el aire. O la tormenta. O los huracanes. O la brisa del mar. 

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