domingo, 4 de septiembre de 2016

Descuentos para familias numerosas

Quiero llevar a mis padres a ver Ben-hur en el cine. Hace veinticinco años que no van, año arriba, lustro abajo. La última vez que fueron El Rey León se paseaba en pantallas de colores tímidos cobrando cuatrocientas pesetas por verlo izar a su hijo en lo alto de una montaña. Llevaron a mi hermano pequeño, que ahora viste treinta y tres, cuando hacían de cuidadores, de educadores, de salvadores, de protectores, de entretenedores... Cuando colmaban con esmero las últimas e infinitas tareas que conforma el don de ser padres.  
Ahora, que la media docena de hijos se dedica a cuidar sus íntimas y propias e individuales vidas, ellos quieren hacer lo mismo que hacían, pero no hay dianas libres a las que cuidar, educar, salvar y proteger, entretener... 
Debe ser duro dejar de ser aquella cosa que creías ser sólo porque la otra parte que te permitía serlo ha decidido que ya no, que se acabó, que oh, no te metas en mi vida que ya no te pertenece. 

Los voy a llevar al cine porque me da la gana, porque creo que les gustará, porque no saben cómo son las butacas ahora, porque no saben que te despluman el bolsillo por dos horas de abstinencia de mente propia, porque quizá les gusten las palomitas a oscuras y las botellas de agua a uno cincuenta el tamaño pequeño. Porque tal vez, después, una tarde cualquiera, a ambos les apetezca ir juntos, solos, apagando los teléfonos y mirando después a ver si a alguno de los seis se les ha ocurrido buscarlos. 

Ayer fuimos a cenar algo al centro de Murcia. ¿Sabes que no sabían exactamente dónde estábamos? ¿Sabes que mi madre quiso pagar la cuenta? ¿Sabes que nos reímos? ¿Sabes que comentaron: uy, a ninguno de tus hermanos se les ocurriría jamás buscarnos aquí...? Sabes lo que es ser dos cuando has sido ocho? Yo no lo sé, pero al observarlos me hago una idea del tamaño de los seis agujeros que deben notar ahora que ya nadie vive en casa. Y los domingos, cuando comemos todos juntos y de trece a diecinueve humanos rodeamos una de sus mesas, también sé que dejan de ser queso enmental y ya no tienen agujeritos que rellenar. 

Amo a mis padres. No te diré que no quiero más a uno que al otro. Pero amo a mis padres. Y veremos Ben-hur, aunque yo no me entere del final, ni del principio ni de lo que pase en medio. 

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