lunes, 19 de septiembre de 2016

Como los cerezos en flor

Uno puede lamer, con elegancia, la tapadera del yogur recién abierto. 
A mi me ponen esas cosas. La elegancia, digo, recién parida de las tripas. 
La espontaneidad es elegante, aunque casi nadie opine así. Se tiende a confundir con el decoro, los protocolos y la madre que los parió. 
Yo creo que no hay nada más elegante que ser lo que eres. Lo que sientes. Lo que crees. 
Hay mujeres que caminan erguidas y que producen interés en mi. No me excito, que esa es otra de las cosas que casi todo el mundo confunde. Que me pongas tú tecleando en tu ordenador un email de trabajo no significa que quiera hacerte el amor. 
Me pone. 
Me pone. 
Me pone. 
Se trata de interés, de curiosidad, eso que suscita en mi ciertas ganas de. 
Si fuese un gato se me erizaría el lomo, si fuese un perro querría olfatearte más tiempo. Si fuese una humana cualquiera querría quedar contigo a tomar un café sin necesidad de que pidiéramos café. Ponerme es excitar mi curiosidad, mis ganas de observar. Es una sensación viva. Si lo pasas por la razón no entenderás nada de nada de todas las nadas.

El otro día en la tienda no sé qué había una mujer delante de mi comprando no sé cuántas miles de cosas. Sus movimiento eran de esos. Abrió el monedero, sacó un montón de pasta, dejó cincuenta euros en el mostrador y se retiró el pelo de la cara. Tenía dos pulseras que sonaban, los labios le brillaban y olía a flores. A no sé qué flores, pero olía a flores. Había que mirarla. Ella era a la rutina lo que un amanecer a la naturaleza. No sé. Algo así.

Hay personas que me ponen cuando hacen gestos ínfimos. Son detalles con el don intrínseco de poder parar la rutina. Como una fotografía en movimiento. Corta. Fugaz. Me pone esa elegancia al dejar los cubiertos sobre la mesa después del último bocado, me ponen unos dedos abriendo un clip para unir unos pocos folios, me pone la mano que coge una cuchara de madera para sacar un trocito de carne de la olla para ver cuánta sal ha cogido. Y pasar los dedos por una planta de hierbabuena. Y cortar un trocito de entrada cuando accedes a un concierto. Y abrir la puerta de un coche. Quitarse las medias. Poner pasta de dientes sobre el cepillo.  

Pero no son los actos. Es la elegancia con la que se hacen. 
Y la echo de menos en mi cotidianidad. 
Quizá son mis ojos, que han perdido el filtro de la belleza. Que todo se ha convertido en una aplicación de móvil que ya no llevo instalada. No puede ser que haya dejado de existir la elegancia de la que hablo. Quizá la he perdido yo. Y no me pone eso. No me pone. 

Y te recuerdo cogiendo las baquetas y sentándote en el taburete para acariciar la batería. Y dejando caer la aguja del tocadiscos sobre el vinilo de pearl jam que te regalé porque sí. Y me quedo ahí, observando la rutina del pasado para volver a creer en algo. 


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