martes, 13 de septiembre de 2016

Agujeros

Me contó que cuando lo dejaron, ella estuvo con otro chico durante cuatro meses, que iban de viaje y cenaban juntos a menudo. No había una sola noche que, con él delante, no me acordase de Andrés. Sabes lo que es tener unos ojos enfrente y mirar dentro y ver sólo aquello que recuerdas. Sabes lo que es no ser consciente de un corazón que se te entrega porque estás bañada de otras aguas. Y mira que las aguas eran marrones, y turbias y muchas veces infinitamente sucias. Pero yo quería eso. Quería los recuerdos más que sus poesías. Y lo dejé. Tuve que dejarlo. No volví a buscar a Andrés. No lo llamé diciéndole que sin él no quería mojarme ni ser protagonista de poemas, ni reina de los mares. No lloré desconsolada en la almohada de un hotel, ni me lamenté por las esquinas de la ciudad, ni siquiera le contaba a mis amigas oh, cuánto le amo. Vivía, yo vivía con esa normalidad que se cuela en un corazón que se adapta a un marcapasos. como la sangre que atraviesa un pulmón transplantado. Vivía como la piel curada después de un incendio, y una mecedora restaurada y un libro leído por tercera vez. Pero vino. Él vino un día. Y en el teléfono ponía su nombre y sonaba aquella melodía de llamada perdida en medio de la vida. Y la cogí, y ni la llamada estaba perdida ni yo deambulaba por los días. Él era mi lugar. Pero sólo lo supe cuando dijo hola, me moría por escuchar tu voz. 


Los veo pasear por el pueblo, ella con su barriga de cuatro meses y Andrés hecho un chaval. 
Y bueno... yo, como un corazón que rechaza el marcapasos y unos pulmones que no parecen míos. Y estas quemaduras y estos libros y la mecedora que no se balancea. Aquí. 



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