miércoles, 31 de agosto de 2016

Te mueres a trocitos

Mi madre se quedó aproximadamente dos años en el entierro de mi abuela. Lo amplió, lo extendió, lo alargó un montón de tiempo después de que el séquito saliese del cementerio. Las veinticuatro horas de velatorio y un par más entre iglesia, trayecto y la ubicación adecuada de la lápida, se le quedaron atravesadas en la traquea. Mi madre no podía digerir, ni siquiera tragar y mucho menos masticar la ausencia. Mi padre, mis hermanos, sus amigas le decían palabras que a ella le sonaban a... la verdad es que creo que ni siquiera escuchaba. Durante esos dos años vistió de negro y en los días festivos se ponía algo gris. Un pañuelo, las medias y alguna vez un poco de sombra de ojos. Se quedó un par de años en el cementerio, se la veía en su cocina, en su salón, en su cama, en su terraza, pero ella siempre estaba en el cementerio, aunque le vieras el cuerpo y le dijeras cosas para ayudarla a reír.  

Hace algunos meses salió. Empezó por las mañanas, alrededor de las diez, cuando el sol aún no aprieta y puedes mirarlo de frente. Se pintó los labios un poco rosa y reestrenó la camiseta del dos mil doce en color salmón. Qué bonita luce, la verdad, aunque ahora esté más pequeña y diminuta que la que entró. Ha dejado aquí, en el nicho donde está enterrada mi abuela, todos sus zapatos de tacón. Yo me los pruebo de vez en cuando por si un día me da a mi también por salir a ver el sol. Aproximadamente a las diez. 

2 comentarios:

Isabel dijo...

Compara sólo a las diez, por favor...

Miguel Esteban Martínez García dijo...

Es muy bonito lo que plasmas con tu imaginación a veces doloroso, feliz solsticio.