viernes, 12 de agosto de 2016

¿Pensaste que sentías?

Oh... Por qué no tenías sueños? Por qué dejaste que murieran? Por qué se te olvidó que eras el único que podía, que quería, que sabía, que tenía la posibilidad? Por qué dejaste que se te colase la extraña sensación de que casi todo es infinitamente difícil? Por qué dejaste de imaginar? De creer que la rutina la haces tú, que el destino siempre es el presente, que el ahora es el futuro del que una vez me hablaste?

Oh... Por qué pensaste que lo fácil era mejor? Que las costumbres eran las únicas normas que seguir? Por qué te rendiste, finalmente, ante las facturas, las prisas, las urgencias? Por qué olvidaste que una vez, alguien usó tu voz para decir que lo importante era otra cosa?

O acaso es que sólo lo pensabas? No llegaste a sentirlo alguna vez? En las tripas me refiero, en las vísceras, en las entrañas. Porque cuando es ahí, cuando eso es más verdad que ninguna otra mierda, somos invencibles, imparables, héroes de los días propios, sin capa, con caídas, con muerte y resurrección.
Lo somos.
Pero si no sale de ahí, si sólo sale de lo que leíste, de lo que te dijeron, de las pelis de oriente con monjes calvos... entonces es normal, y lógico y habitual que te quedases justo donde estás.

Tan lejos de aquí.
Tan lejos de mí.


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