sábado, 13 de agosto de 2016

La vida en el túnel

Y en el desguace de corazones rotos puedes encontrar la pieza precisa para poner en marcha el latido del tuyo.
En cualquier vertedero de trocitos de desamor crecen las flores un día de lluvia, entre el asfalto, entre los adoquines de cemento, entre las aceras de hormigón.
En las alfombras vapuleadas por oscuros cuervos también hay magia. La del después del huracán.
Y en las cuevas, en los pozos y en los desvanes de la mente de cualquier humano devastado.

Yo lo sé. Lo siento.

Soy un trastero olvidado, un garaje sin luz. Soy la madera carcomida de una escalera que iba a subir al cielo. Soy la oquedad. Y me he muerto tantas veces que sé, a la perfección, cómo resucita el fuego de un puñado de cenizas sin humo.

Porque allá, en el fondo del mar, en la más absoluta soledad de una cárcel, en medio de un accidente mortal, en la puerta de urgencias de un hospital, en el traslúcido vidrio de las ventanas de los tanatorios, siempre hay dos ojos brillando, verdes como las hojas frescas, como la salvia de las acacias, de los pinos, de ese árbol que no sabes cómo se llama.

Pero están. Son.

Dos ojos sin sed.
Con Amor.
Y puedo serlo. Puedo volver a ser Amor.


1 comentario:

Isabel dijo...

Amo esa imagen...