lunes, 8 de agosto de 2016

Huecos

Pero yo corría despavorida buscando a algún soldado del ejército de los malvados.
Yo corría y corría dejando abandonados a todos los hombres buenos con los que me crucé.

Fueron dos.

Con suficientes armas en el corazón como para desarmar mi capa de heroína. A los 18 dejé en la estacada al primer sargento de todas las guerras que vinieron después. Lo dejé una madrugada en un piso franco donde tantas otras veces nos habíamos reído tanto y tan bien. Me ayudaba a sentir, me ayudaba a hablar, a pensar, a descubrir. Pero me cansé. Adolescente de caballos desbocados buscando el amor que ya me estaban dando. Pero ay, narcisista insaciable, yo quería surcar el mar. Y conquistar las tierras más lejanas, las más difíciles, las que parecían imposibles.

También dejé al capitán de la cumbre cuando cumplí los 23. Me quería, sabes? Me quiso mejor que ningún otro corazón me ha querido. Con su barba, su bandera, su parche en el ojo; un buen pirata con el que podría haber tenido hijos, nietos, cuñados, suegros y una canción. Transformaba las letras de Sabina, les ponía mi nombre y me las cantaba en aquel destartalado coche. Pero ay, egoísta incansable, yo quería volar. Y posarme en el viento intocable, yo quería que los cuervos y los buitres anidasen en mí.

A partir de ahí, los soldados del ejército de crueldad. Una tropa de dificultades para castigarme los pies. Yo los elegía, con el poder innato de hacerlos cambiar. Se volverán buenos, me querrán uno de estos días, ya lo verás. Pero no me quisieron. Nunca lo hicieron. A veces fingí que sí, que era ese el tesoro que tantas veces había buscado. Hasta que se desmoronó el castillo, las trenzas, las conquistas, la ventana de la torre, las declaraciones de amor. He vivido tantas falsas aventuras, me he suicidado en tantos acantilados propios, he protagonizado tantas tragedias griegas.

Hoy, con el mismo vacío que entonces, ya no tengo caballos que soltar. Ya no corro despavorida. Ya no deambulo en cuevas oscuras llenas de lobos feroces a los que cuidar. Estoy sola, con un agujero en las sienes, con un agujero en el pecho, con un agujero en las tripas, en los muslos, en los hombros, en los pies. Soy más agujero que carne, más vacío que plenitud.

Lo que ahora sé es que no hay lugar en el mundo 
en el que pueda llenarme del amor que yo nunca me di. 
Y es suficiente, al menos, poder descansar.

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