martes, 30 de agosto de 2016

Colorín color...

Erase una vez un príncipe que se contaba mentiras que luego adornaba para traducirme una verdad...

Así construimos un lustro juntos, aunque para él sólo fuesen apenas unos meses. Yo jugaba a creerle porque al fin y al cabo todas aquellas palabras tenían mucho que ver con los sueños que mi mente albergaba. Y qué mejor don juan para permitirme cumplirlos que el de la boca de piñón y los ojos nauseabundos para ejercer de príncipe encantado al que salvar. 

Aún hoy, cuando yo, la princesa devastada, azotada, vapuleada y setecientas cosas más, he troceado el dolor en trocitos pequeños para poder tragarlos mejor, él, tan alto, tan pequeñito, tan esbelto, tan victimismo, continúa contándose aquellas mentiras. 
Salvo que yo ya no tengo sueños y su traducida verdad suena, al fin, a lo que siempre fue, palabrería mental. Un cuento que se cuenta para poder descansar. 

Es cierto que no sé dónde habito, que la vida no es tan cruel como me la inventé y que no tengo destinos que surcar. Es cierto que la absurda indiferencia alrededor de casi todo se enciende en el mundo cuando suena mi despertador, pero al menos sé que el cuento no va de princesas azules y un  puto príncipe al que salvar.

Y quieras o no, al no llevar capa, es más fácil volar. 
Y ya sabemos todos que las armaduras oxidadas no tienen alas, así que no me puede acompañar.
Y ya. 
Colorín colorado, este cuento fue una mierda pinchada en un palo. 
Y todo lo demás. 


1 comentario:

Miguel Esteban Martínez García dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.