martes, 30 de agosto de 2016

Ausencia

Mis vecinos se quieren mucho, lo sé porque anoche, después de escuchar los gemidos y los suspiros y los golpes en la carne desnuda y la agonía del orgasmo, escuché el ruido sonoro de los besos del después. Y escuché prenderse un encendedor de los de piedra. Uno de los dos fuma, seguro. Yo me fumé dos hasta que les llegó el silencio. Y también me lo fumé.

La soledad suena, ¿sabes? Suena a vacío, a hueco, al eco de las montañas rocosas cuando nadie las escala. Mi cama se hizo desierto. Con oasis con la forma de mi cuerpo y palmeras con la forma de mis piernas. Desierto. 

Todas las otras noches no es así. Todas las otras noches mi cama es la ladera verde de un paisaje alegre, cálido, con caminito de arena hasta un hogar de madera y chimenea y olor a dulces recién hechos. Era eso. Todas las siestas y todos los libros que leo en ella y todos mis pensamientos y las lágrimas que he dejado por las sábanas y las risas con mis sobrinas amontonadas en el edredón y la ropa que dejo en ella para estrenar después de la ducha, todo eso, hasta anoche, sonaba. Sonaba. 

Pero anoche, anoche sonó el vacío. El silencio. 



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