jueves, 4 de agosto de 2016

Agua

Ya sé que no puedes beberte el mar en la mesa de la cocina de un 4ºA.
Que un par de bogavantes no son dos piedras color salmón colgando del cuello desnudo de una diosa egipcia. También sé que el verde de las algas que sacó de la nevera y que me obligaron a cerrar los ojos al morderlas, no es el color que trae la marea a la orilla cuando se decide a mojarme los pies.

Sé que el aire que se colaba por debajo del mantel no era marejada, y sé que era una plancha lo que pusimos al fuego lo que yo confundí con un timón. No era el tesoro de una oscura cueva la botella de vino que nos mojó la garganta en tan irrepetible escena. Era una cocina, con su mesa y su sillón, sus vasos de cristal y trapos y armarios y grifo de fregar los cacharros.

Pero yo, aquel día, en aquellas cuatro horas debajo del ventilador, fui casi casi el océano. Una sirena con ojeras contándole a la vida que todo está bien aunque parezca estar mal. Una postal del faro de Finisterre, naranja y amarilla y azul. Infinitamente azul.
Hablamos tanto... Sus palabras venían, las mías se volvían. Y allí, con Isabel al frente del barco, en la cocina del 4ºA encontré mi hogar.

Y cuando salí de allí, seguía sintiendo que soy agua más que ningún otro elemento. Y que aquí, o allí, o en el fondo del mar, soy calma aunque pueda volverme tempestad.

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