viernes, 15 de julio de 2016

Va desapareciendo la infancia en sus eternos ojos azules... La veo desvanecerse, desintegrarse.

Antes, cuando la miraba, el océano que lleva detrás de las pestañas estaba en calma. La niñez hace eso con el alma. El alma es verso, y caricia, y sosiego. Me llenaba de agua cuando me preguntaba por qué se ponía triste cuando pasaba por la puerta de un hospital o cuando veía en internet a niñas con pañuelos rosas en la cabeza, sin pelo, con ojos grandes y la piel muy blanca. Me hablaba del terremoto que sentía a veces al hablar con su madre: tita, es como si estuviera poseída, me dan ganas de tirarme al suelo y patalear. Tenía ocho años. Y siete. Tuvo seis cuando me contaba que en su primer vuelo en avión el estómago se le hizo pequeño al aterrizar: tita, es como si yo entera me hiciera pequeñita. Tenía cinco años que siguieron a los cuatro. Tita, tita, tita, por qué lloras? Vamos a la piscina? A la playa? A jugar a las cafeterías? A las compras? Jugamos a los mayores? 

Va desapareciendo la infancia en sus eternos ojos azules. Sus diez años repiten lo que oyen en bocas adultas, repiten lo que cuentan los entrecejos arrugados por el miedo, por el enfado. Me cuenta que en la tele dicen que, que la prima de la amiga de su maestra, que los demás... Que los bebés no deben acostumbrarse a los brazos, que la ropa de marca, que qué feliz sería con mucho dinero. 

Busco en sus eternos ojos azules el océano que la mantuvo a flote. Se va llenando de algas podridas por la experiencia. De basura espesa arrojada por adultos sin conciencia. De barcos navegando a toda prisa hacia futuros inciertos. Cruceros de una semana al caribe. 
Y los peces se le mueren de hastío los lunes por la mañana cuando tiene que ir al colegio sin querer ir al colegio. La infancia se aburre de aburrimiento y se esconde. 

Va apareciendo una adulta en sus eternos ojos azules... La veo imponerse, construirse. 

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