sábado, 16 de julio de 2016

Te lloro de nuevo porque de pequeña entendí 
que llorar se cargaba el problema.

Si tuve hambre y lloré mi madre vino a alimentarme.
Si tuve frío y lloré vino a cubrirme el corazón.  
Si tuve sed apareció el agua.
Y los besos. Y los abrazos. Y la compañía en las tardes de verano.

Te lloro de nuevo como si eso fuese a llevarse la pena. 
Cinco años llorando son demasiados años. 
Ya aprendí que aquello no era eterno, 
que tú no eres como mi madre, 
ni eres algodón, 
ni agua, 
ni besos, 
ni sudor. 

Te lloro de nuevo sin derramar una sola lágrima.
Sin paquete de pañuelos, 
sin el dolor de ojos del después.

Permanezco en el entierro 
de aquello que creí que eras. 
Al que yo le lloré nunca fuiste tú. 
Se me coló por las rendijas
un amor imaginado 
que se frotó las manos con mi llanto. 

Agonizas. Tú no. Siempre soy yo. 
¿Y si fuese real la idea que tenía de ti?
Así se colaba tu nombre por mi cama
todas las putas noches de desolación.

Permanezco en el entierro
de aquello que creí ser.
Yo iba a quererte siempre, 
cómo no, si era yo la que te mantenía con respiración. 
Yo iba a amarte eternamente, 
cómo no, si yo no voy a morirme nunca. 

Tienes el mismo nombre del que yo me enamoré. 
Tienes su misma barba, sus mismos ojos, 
el vientre, los dedos y la cicatriz de su hombro. 

Pero jamás tuviste su alma. 
Aunque yo me la inventara. 





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