lunes, 18 de julio de 2016

Seco

Entre el corazón y el vestido
va creciendo la rabia escondida. 
Me anclo a ella desde la proa de este barco
próximamente abandonado. 
No hay timón que me lleve a ningún sitio.
Está atascado. Ataque de óxido repentino. 

A veces hay que saltar del navío, 
-ya lo decía la reina de los mares- 
y coger el bote salvavidas. 
A la deriva. 
Y sola. 
Y con este frío.

Si me quedo igualmente se me congelarán las retinas.  
No es de heroína comerse las olas, 
es pura supervivencia 
para la marinera y su paracaídas. 

Con palitos y cañas, 
con salvia y saliva construí este velero.
Surqué tantos baches, tantas cumbres.
Nunca hubo agua pero yo la sentía. 
Y poco a poco la nada. 
Después de las tormentas la nada. 
Y antes. 
Y en medio del vacío más nada.

Queda un eslabón de todos los que tenía el ancla. 
Mil trescientos catorce millones de ellos había. 
El último se lo está cargando la rabia. 
La rabia de la loba que me guía.



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