sábado, 23 de julio de 2016

No puedes controlar el vuelo. No siempre.

De tan asfixiado que llevo el corazón, 
los pulmones también han dicho que no.

Íbamos a levantar el vuelo,
íbamos a extender las alas de acero.
El norte a tres horas y media.
Suecia. Un bosque. Un museo.
Íbamos a olvidarnos del resto.
Un concierto. No sé cuántas canciones.

Debo tener el corazón asfixiado,
ataque de pánico para mis dos pulmones secos.
Dentro del avión no cabía,
seguramente,
todo el oxígeno que merezco.

Y llorando,
por las escaleras de emergencia,
me bajé de la alfombra mágica de hierro.

Estoy sola,
en el puerto,
llorando tanto...
Ni siquiera quiero volver a casa,
ni quedarme aquí,
ni irme muy lejos.




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