viernes, 8 de julio de 2016

Mira, es cierto, hay más tontos que perros descalzos.
Lo decía mi abuelo cuando le hablaba de ti.
Para qué tanta vuelta, tanta explicación, tantas razones.
Hay cosas y cosas, decía.
Como si con esa única frase uno tuviera que entender la diferencia básica e intransferible de los asuntos que tratábamos.
Y yo asentía. Porque en el fondo, sin saber de qué estábamos hablando, el cabrón tenía razón.

No eres más tonta porque no te entrenas, nieta mía.
Más razón que un santo abuelo, sabiduría en estado puro.
Y en un minuto se había ventilado las mil vueltas que llevaba yo dándole al 'sí pero no' que tantas veces te oí decirme.

Vete a tomar por culo. Díselo Ana, díselo en cuanto lo veas, repetía mi abuelo.
Pero yo, ay misteriosa mente que todo lo entiende, leía libros y artículos y conferencias para llegar a comprenderte.

Ahora.

Ahora que ha pasado el tiempo y que miro atrás como miran los ciclistas a ver por dónde va el pelotón, con un espejo retrovisor en las gafas de sol, con el tercer ojo en el centro de la nuca... te veo allí, tan asquerosamente pequeño, con tus putos pies anclados en el mismo pasado. Convirtiéndolo en presente, en futuro y en eternidad, amén.

Y pienso en que ojalá que mi abuelo estuviera vivo y pudiéramos reírnos de los perros descalzos y de que hay cosas y cosas y de que como no me entrené para ser más tonta de lo que fui, puedo escribir esta mierda y no de la lactancia de todos los hijos que quería tener contigo.





No hay comentarios: