martes, 5 de julio de 2016

La montaña rusa estaba cerrada por exceso de uso. La descomunal noria en el centro de parque giraba despacio, los que estaban arriba podían tardar aproximadamente doce minutos en llegar a la zona inferior de bajada de público. Andrea observaba desde la esquina el ir y venir de familias enteras paseando entre las casetas. Los globos amarillos y blancos se apoyaban en los marcos de las tómbolas. Peluches, algodones rosas, peces naranjas dentro de bolsas de plástico con nudo en el extremo. Los niños corrían y los padres, cargados de regalos, iban tras ellos. Todo el recorrido parecía un laberinto, se preguntaba cómo podían no perderse entre tanto ruido y tantas luces parpadeantes. 

Andrea estaba sola, sentada en uno de los bancos del recinto. Dentro de unos días, cuando los feriantes recojan sus trastos, el banco seguirá anclado en el mismo lugar, rodeado de tierra y matas secas. Tenía las piernas apoyadas donde los demás apoyan el trasero al sentarse. Sólo hay dos rincones en la feria a los que le apetecería ir, pero están cerrados. Observar era suficiente para ella. Unos bailaban, otros gritaban, otros trabajaban, corrían y reían a la vez. Pero a Andrea ya no le divertía hacer todo eso. Lo hizo, muchas otras veces lo hizo. Bailó tango en el escenario central, corrió detrás de los perros, se llevó a casa un pez, comió algodones y se acostó con peluches recién salidos de la tómbola. Pero la diversión ya no está en los lugares que frecuentaba. Ahora un banco de madera es el único rincón, de todos los que conoce, donde se divierte. Un poco menos, es cierto, comparado con los aplausos, el sabor del algodón o la melodía del tango. 

- Creo que me he perdido le dice un niño llorando frente a ella. Me ayudas a buscar a mis padres?


La vida casi siempre te llama
 para que te metas en ella.
De una u otra manera.




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