miércoles, 20 de julio de 2016

Ay cuánto miedo, ay cuánto pesa, ay qué desastre.
Puta mente que nos asola, que nos encarcela, que tantas veces nos encierra.
Yo antes era buena, y honesta, y auténtica.
Lo decían los demás al definirme. Luego se llevaban sorpresas porque no era siempre así, algunas veces me quebrantaba de pena y me aislaba sin contar con ellos. Entonces ya no era auténtica, ni buena ni honesta; oh, es como los demás, absolutamente normal!
A mí misma me costó mucho desmontar a la que se miraba al espejo, iba un poco de humilde pero en uno de los fondos tenía alguna soberbia, lo descubrí criticando a mi padre, odiando de él precisamente eso.
Luego me lo reconocí dentro y cuando andaba por la calle me daba vergüenza mirar al cielo. Buscaba en las piedras el escondite, que nadie me vea, sabrán cómo soy, tan narcisista, tan egoísta. Soberbia.
Fui consiguiendo subir las persianas y no asustarme de lo que encontraba, total qué podía pasarme? Si me voy a morir el mismo día que alguien tenga pensado, o incluso yo misma podría hacerlo...

Y ya ves, no negaré que he tenido muchas conductas de las que me arrepiento, que no me identifico con eso, que no son habituales, pero me exime eso del pecado? No me gustan muchas de las cosas que hice, y había razones para ello, no descabelladas ni rebuscadas, en cualquier caso como eran  las mías te diré que eran de las buenas.

Y bien, una vez observada, avergonzada, castigada y juzgada fui entendiendo a la presa. Y llegue a cogerme cariño por roce y herida. O me curaba o a ver quién tiene los huevos de vivir hasta el día en el que me muera con una que no tragas durmiendo al lado dentro todas las putas noches.

De vez en cuando vengo a decirme que no, que fue un perdón pequeño, que el caso es revisable, sobre todo en tardes de noviembre cuando hace mucho frío.

Total que eso, que me perdoné pero a veces me condeno.
Y que ya me vale. Qué cansado el juicio, qué infierno. Con algo así dentro es casi imposible sentirse libre. Qué cansado no llegar nunca al estado de perfección al que nos sometemos.

En mi caso parece que fue mi padre uno de los responsables, tanto oírlo me fui tragando sus sentencias y termine por incrustar en mi lo que era más bien ajeno. El caso es que ahora, con un censor interior habitándome los huesos, la estructura ósea, ya ando con más ojo cuando yo sola me hago juicio, me condeno y  me encierro. Lo mejor de toda la historia es que puesto que yo soy el censor también soy la que libera.

Lo mismo es eso, que nos pone ser todos los personajes de nuestras propias leyendas.

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