viernes, 24 de junio de 2016

Recé con ella lo que me pedía, recé sin gustarme rezar, sin creer en su dios ni en los santos a los que siempre les pidió por mi. Rezábamos al borde de su muerte, me decía que quería irse ya, con mi abuelo, con su hermana, con Rosa y con alguien más. Lloré. Recé. Nos despedimos... Pero eso me lo escribiré otro día. 
Cuando salí de la habitación sus hijos hablaban de las plantas que mi abuela siempre cuidó en su patio. Muchas. Muchísimas. Más y más plantas, flores, árboles... 
Mi tío dijo 'la abuela, aunque se recupere, ya no podrá cuidar de las plantas, hay que quitarlas'.

La neumonía que golpeó a mi padre hace ahora un año lo tuvo quince días en el hospital. Mi padre tiene algunas gallinas en la casa de campo, va cada dos días, riega su mundo, le pone de comer a las gallinas y recoge algunos huevos. El tercer día que estuvo ingresado nos tocaba a uno de los seis hijos acercarnos al campo a ponerles agua, comida y a recoger los tres huevos. Uno de mis hermanos dijo 'el papá ya no está para ir a ver a las gallinas, hay que quitarlas cuanto antes'.


Y así es como afrontamos el mundo ajeno, el mundo que construyen los demás. Que no me salpique. Que no me condicione. Que no me incumba. Y está bien, todos tenemos un mundo propio tan enorme, tan descomunal, tan infinito, tan gordo gordísimo que es difícil encontrar espacios donde quepan trocitos de otra cosa. Y lo sé, sé que es así. 

Pero. 

Tenemos tanta prisa. Somos tan cómodos. 
Prisa en los desenlaces, en arrancarle a otro los rincones donde vive de verdad. Cómodos. Asquerosamente cómodos. Escaso margen para que el otro protagonista decida. Que no nos molesten tus cosas. Aunque evidentemente pueda decidir sobre tus cosas. Mientras no me molestes estoy contigo, en tus decisiones, en tus elecciones, eres libre. Ahora bien, como se te ocurra restarle un par de metros cuadrados a mi universo, tardaré milésimas en claudicar el rincón que elegiste para ser feliz. 

Fríos, egoístas, veloces y cómodos vamos por la vida creyéndonos dueños de todo, incapaces de ponernos en el lugar del otro, encerrados, voraces, malignos, absurdamente inquietos cuando alguien pone en duda si lo que estamos haciendo es adecuado o no, violentos, soberbios. 

Antes éramos un grupo de humanos, uno de los hexágonos del panal. Antes. No sé. Antes. 
Ahora somos un punto lejano, una burbuja, el mejor material aislante del planeta. 
Cuándo? No sé. Ahora. Ahora que miro desde esta perspectiva la existencia. 





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