miércoles, 15 de junio de 2016

Me dijo que nunca olvidase que daría la vida por mi.
El muy cabrón.

Otra, que daría otra vida quizá, que lo sé yo. Por eso lo dice. Porque lo que es ésta, la de ahora, la del ya, la única que existe, esa no. Porque todo es muy complicado, porque tendría que esforzarme, salir de la zona de confort de la que hablan los videos superfly de youtube, salir de mis propias miserias, de mis barreras, de los túneles que he construido, del vete a saber.

Dice que daría la vida por mi. ¿Sabes lo que daría? La muerte. Morirse de golpe. Cuando me lo dice se refiere a que moriría por mi. Y lo sé. Le creo. Ese atípico y exuberante accidente en el que ambos estuviésemos colgando de un árbol y la veloz corriente de un río nos arrastrase los pies. Ahí. Apuesto a que se soltaría del árbol dejándome a mi el espacio, la rama, las raíces y su puta madre. Eso sí. ¿Entiendes la diferencia?. Lo haría, seguro que lo haría. Pero es que yo para qué quiero eso?

O sea, sí. Vamos, que no.

Lo valioso es lo otro. El quedarse. El ahora mismo. El milagro sería poder contar contigo también para el después. El lunes por la mañana, los desayunos, dormir juntos con tus jodidos pies fríos, tu sudor, lo mal que me siento cuando tengo la regla y perder un autobús porque mejor nos quedamos. Pasear, comprar una bici, mojarnos en los charcos que nos ofrece la vida. Los problemas, los conflictos, la gran aventura que supone inventar una solución. Mis granos, los tuyos. Ir poniendo piedrecitas construyendo un camino. O dos. Oler ese camino a mediodía. Y las noches en las que no puedas dormir.

Porque ahí está la vida. En todos los ahora que se te ocurran. Eso es amor.
Eso es dar la vida. Compartirla. Querer.

Pero no. Eso no. Sólo lo otro.


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