lunes, 13 de junio de 2016

Leo cosas, veo vídeos, pongo música.
A veces huyo así de mi misma porque me duele el dolor.
Ya, ya lo sé.
A veces me quedo quieta observando lo que me pasa. Qué es realmente lo que me duele. A quién le está doliendo.
Noto cómo me vuelco la vida encima, la que no existe me refiero. El pasado. Y el futuro.
Con el enemigo dentro es difícil no sentirse atemorizada. Y a veces lo tengo.
Me castigo diciéndome todas esas cosas que me digo. No te han querido nunca. Te equivocaste al elegir. Casi que te lo tienes merecido.
Oigo esas cosas y veo vídeos para ver si las oigo menos.
Y entonces dice el pecho de dolerme. Y viene lo de que me cueste respirar.
Las cosas que me digo buscan cualquier sitio para ser escuchadas.
Por eso cuando hoy Jota me contaba que ayer se sentía muy feliz con sus hijos y su mujer y la playa y las patatas fritas enfrente, yo me he puesto a llorar.
Pido abrazos por guasap. De verdad. Los pido creyendo que así me sostendré entre el laberinto interno. Un abrazo que me ancle a eso mismo, a ese abrazo. Y nada más.
Y escribo.
Entre otras cosas para pedir un abrazo.

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