martes, 31 de mayo de 2016

Y venga a escribirle al desamor... 
y vamos a ponerle aceite al engranaje. 
Y venga lágrimas
y vamos a hablar mucho del tema 
porque oh dios mío, no puedo vivir. 
Y venga dolor 
y venga a nosotros tu reino amén. 

Por dios, qué estrés.

Anoche fui a dormir a casa de mis padres. Tengo cuarenta años y a veces no están. A veces soy tan pequeña como una canica. De cristal también. Y busco refugio en los lugares donde nunca me lo dieron del todo. Mis padres. Quizá ahora es cuando pueden hacerlo.
Antes, cuando éramos cinco y luego llegó el sexto, no podían, no sabían, o no querían quéséyo, dar lo que ahora yo sí sé recibir.

Si no hubiera sido porque mi padre está gordito y ronca mucho y la cama se le vence hacia su lado cuando duermen juntos, juro que habría dormido entre los dos.

Me siento débil, casi rota, infinitamente vulnerable. Y me voy a los lugares donde sé que voy a encontrar cobijo. Es un consuelo saber que están. Y me aprovecho. Y me expando en los rincones pequeñitos que me brinda la vida para hacerlo. Y me lamo las heridas como las lobas que se meten en su cueva a curarse. Bueno, en realidad no sé si las lobas lo hacen, pero siempre se me aparece una en la imaginación cuando estoy a la intemperie.

Y no he dormido nada. Y qué?
El periquito azul que tienen en el patio debe estar como yo. Con sus alas inservibles cantando sin parar. Y el perro de la vecina que tiene hambre. Y los ronquidos de papá como rugidos de la manada. Y el colchón duro y la almohada callada y la manta de calor y las sábanas gastadas.
Y yo en esa escena de viento y mareas respirándome la noche entera. Ay, qué bucólico todo.

Y qué maravilla estar vivo aunque sea dentro de túneles perennes.







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