lunes, 30 de mayo de 2016

Te das cuenta?
Es nuestra incapacidad para encajar cosas que nos asustan. O que creemos que no vamos a poder manejar, controlar, gestionar. O que nos van a hacer mucho mucho daño.

Hace quince días nos enfrentamos a una de esas escenas de ambulancias, sangre, caídas, soledad, teléfonos de urgencias, batas blancas, unidad de cuidados intensivos... Ese ruido a susto en el teléfono móvil.

Salió la doctora con sus noticias de última hora, como el telediario de las cuatro de la madrugada. Él, a mi lado, escuchaba lo mismo que yo. Que la muerte, quién sabe, nos podía llenar los párpados de océanos y mares y lagos y ríos y charcos en unas pocas horas.

Él no oyó nada. Oyó que no era tan grave, que no sé qué del brazo y me decía que no eran tan malas noticias.

Recordé aquel día en el que murió mi amigo Pedro. Me llamaron para decirme que un latigazo le había dejado irrecuperable. Jamás he vuelto a pronunciar esa palabra. Fue la que utilizaron para describirme el adiós. Era un adiósesperaunpoco, porque había que esperar 24 horas para ir haciendo la donación de órganos. Pero yo no escuché eso. Escuché que estaba en la uci, que había caído al suelo y que... Bueno, en esas 24 horas llamé varias veces para ver cómo estaba, cómo seguía, qué decían los médicos. Me enfadé con quienes dijeron en el bar que seguramente lo enterrarían el lunes. Porque yo no oí que había muerto. Yo oía al mundo decirme lo que yo quería escuchar.

En la sala de espera del hospital de Barcelona, él hizo exactamente lo mismo que yo cuando escuchó a la doctora hablándonos de su tío, sedado, débil, flojo, mal... está mal...

Supongo que se trata de eso. De la negación absurda ante una realidad que nos daña. Que la mente busca abundantes y numerosas herramientas para esquivar lo que es. Y le da igual que sea mentira, o que sea imaginado, prefiere creérselo.
Como yo ahora, al saber que me querías tan poquito... 

Hasta que la vida se abre paso y se te cae el filtro, las gafas, el velo y su puta madre. Ahí la tienes. La realidad imparable. La que no cuenta con tu parecer para ser, para ordenarse, para extenderse.

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